Hasta que me lo cuentes

¿Otro más?

Amor 3.0

Desaparece de mi vida,
le grité.
Y borra esa sonrisa irresistible
de mi muro de Facebook.
No soporto la idea,
continué ahora ya más bajito
con la voz entrecortada por
un amago lagrimoso,
de pensar que te tengo tan cerca
como para observar todos y cada uno
de los movimientos que haces
y no poder mirarte a la cara,
a la verdadera.
Tan solo en esta triste pantalla
de ordenador.
Que no te echo de menos,
porque apenas te conozco,
pero solo el pensar lo que
podría haber sido
me da ganas de romper con todo
y salir en tu busca.
Allá donde quiera que estés.
Al otro lado de la pantalla.

Azul casi francés

Encontré una bicicleta arrumbada en el garaje. Una densa neblina cubría de humedad aquellos prados tan grandes y parecía que no había vida en muchos kilómetros a la redonda. Hacía horas que me había quedado sola en la casa. Anoche, cuando llegué, ya me avisaron de que las mañanas las pasaría sola. Mis tíos trabajaban en un pueblito cercano a aquella antigua granja en la que por alguna razón que todavía no sabía había decidido pasar los meses de verano. Fue de repente que hice la maleta y vine hasta aquí. Mi madre no estuvo muy de acuerdo, no entendía ese afán de irme sin ninguna explicación. Pero no pudo oponerse del todo. Me había educado en la valentía y en la instantaneidad que a ella le habían llevado hasta donde estaba, a ser una artista consagrada en lo suyo, a pasearse por mil sitios derrochando genio y simpatía. Y por eso asumió las consecuencias de la educación que me dio desde el principio aceptando la espontaneidad de mis actos. Y la poca conciencia que a veces tenía. Así que al día siguiente me dejó sobre la mesa de la cocina junto al cruasán un billete de avión. “Vete”, dijo, “vete y vuelve cuando quieras. Solo he comprado el billete de ida. Escríbeme de vez en cuando y yo me quedaré tranquila. Por tus tíos no te preocupes. Anoche hablé con Ed y me dijo que no tenían problema. Te esperan el sábado por la noche. Ten todo preparado para entonces.” Y así lo hice. Aquel viernes por la noche Ed y Jasmine estaban esperándome en el aeropuerto. Era una terminal pequeñísima en comparación con la de Madrid, desde donde viajaba. En una destartalada furgoneta atravesamos la pequeña ciudad, el campo, y estando muy entrada la madrugada llegamos a la casita. Aunque mi madre había querido llevarme muchas veces –siempre me lo decía-, nunca había estado allí. Jamás me había llevado a Inglaterra a conocer a su familia. Solo vi a Ed, su hermano, en la última Navidad que estuvo soltero, en Nantes, cuando yo apenas tenía cuatro o cinco años y mi madre estaba en plena gira europea. Ed vino a visitarnos al hotelito donde nos alojábamos con todo el equipo. Recuerdo que me cayó bien, que me gustó su pelo como de lana y las facciones que tenía tan parecidas a las de mi madre. Recuerdo su vitalidad, su juventud, los juegos con los que me entretenía mientras mamá trabajaba. Pero poco más.

Cuando por fin pude volver a verle de cerca cenando en la cocina algo que Jasmine había dejado preparado antes de ir a buscarme, no me pareció que fuera la misma persona. Bajo la débil luz que colgaba encima de nuestras cabezas comprobé que el tío Ed que yo tenía en mi memoria no era aquel. Su expresión había cambiado. Era más dura a pesar de los kilos que en tanto tiempo había ganado. Algunas arrugas surcaban su cara de un lado a otro, como los paralelos y meridianos de un mapa. El pelo como de oso ahora era pardo y un poco pajizo. Los ricillos estaban deshechos. Me miraba con unos ojos distintos. Quizá tristes. Luego se me ocurrió pensar que él había sentido algo parecido cuando me vio aparecer en el aeropuerto, tan mayor y tan alta como me dijo, y con el pelo muy corto. Puede que esa tristeza que yo veía en él era tan solo la misma extrañeza con la que yo le miraba. Apenas me dijo nada durante la fugaz cena fría. Cuando terminó se despidió y se fue a dormir. Fue Jasmine la que me acompañó a la que sería mi habitación, que tenía una luz tan tenue como la de la cocina, y la que me dijo que estaría sola por la mañana, que marchaban temprano. En un atropellado inglés le dije que no me importaba y que se quedase tranquila. Ya encontraría alguna manera de pasar el rato. Al meterme en la cama el frío de las sábanas me dejó como petrificada. La oscuridad en la ventana era inmensa. Me imaginé el campo extendiéndose alrededor de la casa, inmenso. Hice el intento de contar los kilómetros que me separaban de mi casa. Luego los que estaban entre la civilización –el pueblo donde trabajaban mis tíos- y la granja. Y se me antojaron miles. Me incorporé para mirar pero no pude ver nada. Ni siquiera ese brillo tan típico de los cielos nocturnos reflejando las luces de las ciudades. Nada. Oscuridad infinita que llegaba muy lejos. Tampoco había estrellas. Supuse que el cielo estaba todo cubierto de nubes. Así me lo encontré por la mañana al salir al patio trasero después de desayunar un pan que había encontrado en una alacena. No pude saber si las nubes eran de lluvia. Según me imaginaba, en aquellas tierras siempre estaba nublado. De todas formas, cuando encontré la bici cogí también un impermeable verde que había colgado junto a la puerta del garaje. No podía arriesgarme a quedar empapada por un chaparrón repentino. Me subí a la bicicleta y empecé a pedalear en dirección contraria a donde yo sabía que estaba la civilización, de donde habíamos llegado la noche anterior. Mi orientación nunca había  sido del todo mala. Llevaba una cámara de fotos colgada al cuello y de vez en cuando me detenía en mi travesía para fotografiar el paisaje y la vista de la casa desde la distancia. Sin duda mis abuelos habían tenido muy buen gusto al construirla. Era realmente encantadora. Incluso de cuento.

Un rato después de haberla perdido de vista detrás de una colina divisé en el horizonte otra construcción de cuya chimenea salía un hilito de humo. Aunque no llevaba reloj y la luz seguía siendo tan plana como cuando salí de la casa, supuse que ya sería cerca del medio día y debía ser la hora del almuerzo según la costumbre. Pero yo seguí avanzando por el caminillo de tierra sin preocuparme mucho de que interrumpiera la comida de alguien. Pensé que incluso nadie tenía por qué darse cuenta de que yo pasaba por delante de aquella casa. Pero  la verdad era que conforme me iba acercando la casa me parecía más y más intrigante. Me parecía incluso más bonita y encantadora que la de Ed y Jasmine. Esta era una verdadera casa de cuento, de esas que yo imaginaba al leer los primeros relatos. No pude evitar detenerme al llegar frente a la cerca de madera que la rodeaba. La casa era toda de piedra gris oscura y las tejas eran de una especie de color entre el negro y el verde oscuro. La puerta era de madera oscura casi rojiza, igual que las contraventanas. Por la chimenea seguía escapándose un humillo tan gris como el cielo y que se perdía en la densa nubosidad. Junto a la puerta y rodeando la casa decenas de parterres de flores grandes y pequeñas, árboles, arbustillos. Un caminito doblaba la esquina y llevaba a la parte trasera. Dejé la bici junto a la valla también de madera oscura que rodeaba la propiedad. Pensé que no pasaría nada por entrar y echar un vistazo a la parte trasera de la casa. Llevaba un tiempo en el que me había interesado tanto por mi pasado y por mi ascendencia materna que había llegado incluso a hacer pequeños estudios sobre arquitectura y costumbres inglesas. En realidad creo que era en esta obsesión donde estaba el motivo de mi viaje.

Seguí la grava del caminito y doblé la esquina. Las vistas desde allí eran impresionantes. No me había dado cuenta, pero en mi ensimismante paseo había subido un cerrillo –en el que estaba construida la casa- y ahora podía verse toda la amplitud del valle expandiéndose allá abajo con la casita de Ed justo en el centro, como las semillas que aparecen al cortar una manzana por la mitad: la casita de Ed y el antiguo establo, ahora garaje. Comprobé entonces por qué mi abuelo había comprado aquel terreno y había construido allí la granja. La belleza excepcional me abstrajo hasta tal punto que no me di cuenta de que alguien se había acercado por detrás de mí y me preguntaba quién era y qué hacía allí. Tuvo que tocarme un brazo para despertarme de aquel fantástico instante. Un gritito se me ahogó en la garganta y tuve que concentrarme muy rápidamente en el inglés con el que aquel extraño me hablaba. Sin duda no había notado que yo no era británica. Por fin, y después de unos segundos de desesperación eterna por no saber explicarme con claridad, supe decirle que no era de por allí y que estaba de vacaciones. Que dando un paseo en bici había visto la casa y me había detenido a mirarla. Nada más. “Pienso estudiar arquitectura, ¿sabe? En unos años. Aquí en Inglaterra.” El señor que me escuchaba con sonrisa acogedora vestía barba rojiza como la puerta de su casa. Estaba un poco sudoroso y sucio. Según me comentó después trabajaba  reparando un cobertizo que había al otro lado de la casa. Su mujer era artista, ¡qué coincidencia, como mi madre!, y necesitaba un estudio nuevo y más grande donde poder desarrollar su obra. Comprendía perfectamente a qué se refería.

-Yo –pude entender en su perfecto inglés- no tengo una profesión concreta. Hago esto y aquello. Le ayudo en lo que puedo, trabajo en la casa. Un poco de todo, ya sabes –no podía más que asentir. Mi expresión en otro idioma era bastante limitada.- Oye, ¿y por qué no pasas? Vamos, te invitaré a almorzar. Unas tostadas, ¿te apetecen? Tenemos mermelada recién hecha.

Acepté la invitación sin hacerme mucho de rogar. Me presentó a su mujer, Lili, que estaba en el patio del otro lado de la casa, junto al cobertizo. Ella tomaba un café mientras tomaba unos apuntes de dibujo en una libretilla que tenía sobre la falda. Inmediatamente se detuvo cuando me vio y me hizo sentarme junto a ella. Me dijo que el día era precioso, que la luz atravesaba el valle de norte sur y que eso le encantaba. Que era lo que le había hecho venir a vivir a un lugar tan apartado del mundo. Después de las tostadas pasamos al interior de la casa y me la enseñó entera. El piso superior, por el tejado a dos aguas, tenía el techo abuhardillado. Allí era donde ella  trabajaba hasta que el estudio estuviera terminado.

-En exclusiva –me contó- te enseñaré mi última obra. No esperes nada fantástico, ¿eh? Apenas es el inicio de un proyecto –y le dio al play de un equipo de música que estaba en la esquina más retirada. Empezó a sonar Sunday kind of love, y me recordó que aquel día era domingo-. Mira, ven, acércate –de vez en cuando dejaba escapar algún verso de la canción o movimientos de cadera con los giros del saxo-. ¿Sabes pintar? –me acerqué a una enorme mesa que había en el centro de la habitación, toda diáfana. Había allí extendido un papel muy grande casi en blanco. Algunas líneas trazadas sin orden lo cruzaban, igual que las arrugas en el rostro de Ed. Cogió un pincel y lo mojó en agua. Luego se detuvo ante la caja de acuarelas-. Dime, ¿qué color te gusta?

-Oh, ¿yo? No sé. No sé de estas cosas. Elige el que tú quieras.

-No, no, dime –negué con la cabeza.- Bueno, ¿naranja otoñal?

-El que quieras.

-No, no. Mejor rosa atardecer.

-Como quieras.

-No, no, no, no. Verde uva.

-De acuerdo.

-No, no, no. ¡Oh, no! Este, claro –y rozó con la yema del dedo la pastilla pigmentada.- Este. Este que es de un azul casi francés –y deslizó el pincel sobre la gran superficie blanca y lisa de la hoja creando de repente un cielo tan grande como el inmenso de ahí afuera que cubría el valle y la casa de Ed.

Renacer: vida

Seleccionado en el concurso Versos en el Aire II

En lo amigable y oscuro
del desierto –oasis-
apareciste tú
como llegada de una
nube.
Y las secretas oportunidades
que sin duda aquella noche
me diste
volaron al libro eterno
de la historia.

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