Un lugar

Enorme ciudad. Demasiado grande, demasiada soledad. Caminar contracorriente es tan fácil como frenar el latido del mar. Llegar puntual, como contar gotas de lluvia. Totalmente fuera de lugar contemplaba el ir y venir de la gente que andurreaba por la avenida, desde aquel sucio asiento del autobús.

Cristales empañados. Un frenazo brusco. Un acompañante que dormita. Otros viajeros que hablan, gritan, leen, cantan, sueñan.

Un irreparable miedo a ser como todos ellos la asaltó, igual que aquellos vendedores ambulantes le habían perseguido minutos antes ofreciéndole tratos inútiles. Entonces, consiguió evadirse cruzando la calle. Pero, ¿cómo escapar de aquello que brotaba de sí misma, desde el lugar donde se genera la respiración? Sacudió enérgicamente la cabeza. Un escalofrío recorrió su espalda, una áspera caricia.

Pensó en sí misma. Como si fuera lo último que debiera hacer en su vida, intentó buscar similitudes y diferencias con aquellos que alborotaban el autobús, con los mismos que rodaban calle abajo allá afuera. No se creía capaz de conseguir ver algo parecido entre su persona y el caudal de gente que la rodeaba. Aún así, tampoco estaba segura de si eran del todo muy distintos a ella.

¿De qué manera se puede diferir del grupo al que se pertenece y al que se llama sociedad? ¿Cómo ser igual a cada uno de los individuos que la constituyen? ¿Por qué encajar rima con no variar en gustos y costumbres? ¿Qué significa “formar parte”?

Así, y entre tanta pregunta, el viaje llegó a su fin. Al bajar del pesado vehículo sus ojos no tardaron en captar el ambiente. Algún violín de fondo, gente que pasea y decenas de palomas que rompen a volar perseguidas por unos niños.

Al fin había encontrado su lugar.

Anuncios