Sin luz

La luz temblorosa se cuela por debajo de la puerta. Aún hay vida en el pasillo. Qué escalofrío al escuchar unos pies que se arrastran. Hace un momento se podía percibir cómo subieron la escalera y atravesaron el corredor. Ahora están más cerca. Siguen frotando el suelo en cada paso. Parecen gritar.

La luz se ha apagado. La marcha se frena. Un golpe seco. De nuevo la tintineante claridad se asoma. Los pies reanudan su caminar. Qué próximos se escuchan. Qué miedo. No cesan. La luz sigue encendida. De repente, algo la tapa. Los pies se han parado frente a la puerta. Puede verse la sombra.

No hay movimiento. No hay ruido. La luz se ha vuelto a apagar.

Infinito

Desde aquel junio que pasó cerca del mar soñaba con volar. La brisa salada invitaba a romper el vuelo y dejar al viento hacer de las suyas. Los colores del cielo llamaban a todo el planeta. Su altura parecía infinita. Qué imposible tal profundidad, un techo tan sin fin. Las nubes, la pequeña tentación de cualquiera. Saben hacerse de rogar, saben quedarse, saben irse. Pero sin dar nunca lo que se pide. El golpeteo incesante de las olas empujaba a subir, a buscar el final y explorarlo.

Algún día alguien debe encontrarlo. En algún sitio debe estar el infinito. ¿De qué color es? ¿A qué sabe? Lo quiero tocar.

En esta tarde las enjoyadas luces lamen la inmensidad azul, que vuelve a resplandecer. Otra vez es verano. Sentado en un banco de madera espera su oportunidad. Los pies ya llegan al suelo. Hace apenas un año su movimiento en el aire era incesante.

Ha llegado el día. Alguien le invita a subir al pequeño navío y abre sus alas. Pronto el velero blanco ha tomado velocidad. De nuevo el viento está mojado, como ocurría en la playa. Pero ahora puede ver que es el mar, el agua del mar, lo que humedece su cara. La velocidad es cada vez mayor.

¡Qué sabor a sal! Estamos volando. ¿Es esto el infinito?

Prisa

Para Elena

-¿Y de qué te habló?
-De muchas cosas. De sus estudios, de unos amigos, del equipo de fútbol, de perros, de México, de los colores y la vida, de lo que allí comen por Navidad, de cómo los niños sonríen cuando les das un beso, del tiempo, de su hermana, de la falda tan bonita que ella llevaba el día que cogió el avión para venir a España, cómo con cada salto que ella daba se le movía y parecía volar, cómo se balanceaba su cintura en la espuma blanca, de su trenza oscura, de los besos que le dio y de su carita rosa y mojada, de las ganas que tiene de volver a verla, de que le apetece ir a la playa, que me invita, que le encantaría hacer unas fotos de la costa española y que yo, con ojos de artista, podría ayudarle, de que nunca le ha dado miedo el mar, de que le encantan los animales y los barcos, de que algún día tendrá uno tan grande con el que podrá dar la vuelta al mundo y llevar consigo a su hermana, que es como de anémona, y a mí, si quiero, de que nunca había sentido prisa por nada en la vida y de que nunca se había cansado de esperar. Y se calló.