Amanecer

Con su incesante suspirar arañaba el cielo. Casi verde. Un suspiro. Una mirada. Y todo se acaba. El cielo se apaga. La luz amarillea, se oscurece. Y las nubes de oveja dibujan palomas que huyen.

Lejos de ti. Nieve. Color pétalo. Tulipán. Primavera.

Era una amenaza. La luz del cielo se vuelve a encender. Y el rebaño de nubes escapa. Y no llevan pastor. Se ha escapado en el suspiro. De la luna. No quiere marcharse.

Un poco más de noche, por favor. Dame un poco más.

Y los minutos siguen pasando. Y el sol sigue creciendo. Y la oscuridad se está ahogando. Con ella. Conmigo. Con la luna.

Por eso intenta buscar un acuerdo con él. Engañarle de alguna manera. Hacer creer al sol que no merece la pena salir esta mañana. Pero qué pena que no se deje convencer. Sigue engrandeciéndose. Y la luna, tan madura, tan gastada ya, mira su último reflejo en el océano, todavía oscurísimo. Y se ve joven, libre, guapa mecida al compás de la marea. Qué frío. Un segundo más tarde llega el dueño. El de la marea, el del frío, el del océano, el del cielo, el del día, el de la luna. La manda a casa, a dormir. Allí donde quiera que esté su casa.

Bórrate esas ojeras de bruja. Te espero aquí. A la misma hora de siempre.

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