Es despertar

Al moverse las sábanas miles de palomas vuelan hacia la libertad. Atravesando las persianas, ramas de estrellas cortan la oscuridad del dormitorio. El aire está quieto, como el tiempo. En esta penumbra ni existen los relojes, ni las campanadas que se escuchan balbucear desde la torre. El olor a flores aquí no existe. Ni siquiera el romero que hay dentro del armario huele. En este escondite la dependencia de las horas se colapsa, como las estaciones: las cuatro. Ni existe la ociosidad del verano, ni el otoño de olor acartonado, con su invierno tan nocturno, al compás de la incansable primavera. Aquí llegan al abrir la ventana, subir la recién pintada persiana verde y dejar entrar a la vida.

La de fuera.

Y es entonces cuando uno se da cuenta de que hay algo más allá de los temblorosos cristales y de las empolvadas tablillas, que cortan la luz, el sol, las estrellas, el viento, el tiempo, y la vida. Y que no dejan entrar a la primavera porque
hay alguien dentro
que grita
y con miedo.

Y el cielo ya no sabe. El tiempo tampoco.

No sé si gano o si pierdo
dejándote aquí conmigo,
primavera.
Márchate, márchate.

No puedo aquí contigo, con ella.

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