Lo debido

Parece a veces que despierto
y me pregunto qué viví;
fui claro, fui real, es cierto,
pero ¿cómo he llegado aquí?
PESSOA, Fernando
CANCIONERO (1909-1935)

Veinte de marzo de muchos años después

A ti:

Llegaste un día cualquiera, vestido de infancia y con muchas ganas de saber brotando desde el centro de tu alma. No tenías ni idea de adónde caminabas, no sabías hasta dónde podías ir con esa sonrisa irónica, derrochando simpatía. El tipo perfecto, podría gritarlo a los cuatro vientos y nadie lo dudaría. Qué suerte que vinieras a mí así, ¿o fui yo quien vino a ti? Cuántas cosas ansiamos decirnos desde aquella presentación, tan corta y calurosa, en un agosto húmedo y pegajoso bajo los árboles del parque que nos vio crecer. Ninguno de los dos se merecía aquel trance, rebosante de miradas camufladas, de deseos impertinentes y sonrisas. Demasiadas sonrisas. ¡Qué calor! ¡Qué agosto! No lo olvidas, estoy segura. Es imposible que hayas olvidado ese día, el que durante tanto tiempo fue el mejor  de nuestras vidas. O el de nuestra vida. Nuestra común titubeante vida, siempre con miedo de salir a la luz y dar la cara. Siempre con miedo a ser. Y a la vez odiando cada uno de los segundos que pasaba escondida en una amarillenta buhardilla de artista, toda envuelta en amor. Ahora, al ver que pasan los años, que ya soy vieja y que es asqueroso seguir perdiendo detalles de lo que fuimos nosotros, y que me odio a mí misma por dejar que el olvido nos deje atrás, quizá en algún puente sobre el Sena, quizá entre los árboles de El Retiro de Madrid, ¡quién sabe si en alguna playa atlántica, de esas que te hacían brillar los ojos de pasión! Me planteo escribir lo poco que me queda, enterrado entre la poca correspondencia que durante algunos meses mantuvimos, en las notas que alguna vez me dejaste sobre la almohada, o en un pequeño cuaderno que olvidaste en casa la noche que te marchaste. No sé si algún día te enviaré esto. Si te digo la verdad, llevo meses investigando sobre tu paradero. He consultado archivos, hemerotecas, listas de amigos. Incluso he viajado a Berlín y a París en algunas ocasiones. No estoy segura de si lo hice porque quería saber dónde estabas, que no encontrarte, o porque simplemente te echaba de menos y ansiaba ver, aunque fuera por última vez, los lugares que tantas veces recorrimos, donde tantas fotos quisiste hacerme, los que tantas veces plasmaste en tus rojizas acuarelas. Las guardo todas, ¿sabes? Todas las fotos, todas tus pinturas, tus tarjetas. Las dejaste esparcidas en la que fue nuestra casa, con tu habitual desorden, como si una vez más tuvieras pensado volver. Solo que fue la definitiva, nunca lo hiciste. He descubierto dónde vives, con quién y cómo. Nada más. No porque no haya podido, más bien no he querido. Siempre tuvimos como prioridad el respeto, me imagino que lo recuerdas. Incluso hasta el mismo día en que te marchaste el respeto dominó la situación. Por eso no me parecía coherente revolver todos tus datos, remover a todos tus amigos, que también fueron míos, por tanto nuestros, y sacar a flor de piel los malditos sentimientos que  durante tantos meses me arrastraron enfermiza por la calles de cualquier ciudad. Fue mucho peor cuando la correspondencia cesó, aunque no te negaré que sentí cierto alivio al ver que no volveríamos a discutir nunca más. Los últimos meses no supimos más que echarnos en cara lo malo, lo bueno, y lo regular. Y siempre por escrito. Qué absurdo, qué cobardes. Recuerdo perfectamente en qué momento me mandaste la primera carta, a nuestra casa, que ya era solo mía y de tu memoria, de tu hueco en la cama, de tu olor en el sofá, de tus papeles y tus libros. Me batí en duelo conmigo misma durante horas. El sobre amarillo parecía moverse en la mesa de la cocina, esa que tantas veces nos había visto desayunar entre risas y miradas. Yo, sentada en mi silla frente a la que había sido tuya, las mismas de siempre, con la ventana a mi izquierda y a tu derecha, según se mire. Yo siempre de cara a la puerta, vigilante, atenta a ti y a tus necesidades, siempre alerta. Miraba la carta de vez en cuando, tu letra de artista tan perfilada en el remite, ese señorita que me despertaba cada mañana. Cuando no la contemplaba mis ojos se perdían en el vacío de la puerta oscura, esperando oír tu llave entrando en la cerradura, ansiosa de verte a ti llegando a casa, como hacías a veces, borracho de ideas, proyectos, inspiración y de mucho amor para mí. Pero no venías, y se hizo la noche. Mis dedos repasaban tus letras una y otra vez. Entonces ya sabía que no vendrías, mi lucha había terminado, pero tenía miedo de romper la perfecta caligrafía, el sobre que tú mismo habías manoseado, quizá en alguna cafetería de París o bajo el sol mediterráneo. Y me decidí a abrirla por fin, cuando el hambre me atacó por la espalda y la curiosidad me reventó los oídos. No estaba muy segura de lo que encontraría dentro. Mi última esperanza residía en ese sobre. Mientras rompía cuidadosamente el papel, color de primavera, te imaginaba echándome de menos, sentado y solo delante de tu café irlandés o de tu té negro, preguntándote una y otra vez por qué te marchaste, por qué me abandonaste, recriminándote el dolor que habías causado en mí y que nunca te perdonaría. Y mientras estas ideas volaban en mi mente yo sonreía recreando el momento de volverte a ver, volverte a besar, volverte a sentir en casa siendo uno más uno. La impaciencia hizo que rompiera los últimos centímetros del sobre. Son imperdonables aquellas ansias al abrirlo deseando algo que no llegaría. Qué insegura era yo en aquel tiempo, qué joven. Vaya tonta enamorada la que se encontró una mínima nota que le recordaba que los libros que quedaban en nuestras estanterías, junto a las fotos y los regalos, eran tuyos. Al final añadías que no sabías si algún día volverías a por ellos. “Desde luego,” decías, “ahora no es el momento. Creo que lo entiendes. Después de la fugaz despedida lo que menos nos conviene es que vuelva a tu casa a recoger mis libros. Piensa en todos esos vecinos, cotilleando detrás de sus puertas habiéndote visto llorar desconsolada en el rellano mientras llegaba el ascensor. ¡Menos mal que no suplicaste! Aunque tampoco lo esperaba de ti. Tan recatadita y discreta como siempre supiste aceptar la situación. Con eso me bastó. Siempre serás la mejor mariposa que se coló en mi tripa. Serás feliz, te recuperarás. Encantado.” Pretendiste deshacer con una reseña así nuestra fugaz despedida, según tus palabras. No te mentiré, conseguiste encenderme. Tu tono de superioridad y descomplicación enervó mi alma. También, y por otro lado, mi machacado corazón quiso entender que la dirección que habías escrito en el remite no era más que una indirecta pidiendo una contestación. Así lo hice, y no dudé. Prefería contestarte pidiendo algún tipo de explicación, echándote en cara algo que no venía a cuento, y buscando, si se puede decir así, discusión, antes que perderte para siempre, y dejarme a mí a la deriva. No me daba cuenta de que esta actitud me perjudicaba y no me dejaba abandonar tu recuerdo. Ahora, con los años, a menudo lo pienso, y soy yo la que me recrimino esta y tantas posiciones que tomé. Nos escribimos durante unos meses pero nunca me atreví a ir a verte, a pesar de tener tu dirección escrita en un papelillo encima de mi mesa de trabajo y, tras haberla releído tantas veces, sabérmela de memoria. Evitaba pasar por delante de tu puerta y a la vez lo buscaba. Las manos me temblaban cada vez que ponía tu nombre en el sobre y echaba la carta en el buzón, ese que estaba tan cerca de casa, y también cuando llegaba alguna tuya. Siempre hubo algunas más desenfadadas y simpáticas, con tu cuidado estilo de poeta joven y vividor. Nunca me hablabas de ninguna mujer, no hacía falta, yo sabía que las tenías. Según me habías contado tiempo atrás jamás tuviste problema para encontrar alguna sonrisilla inquieta que besar. Y me parecía lógico. Teniendo la oportunidad, ¿quién dejaría de tocar una boca como la tuya, una cara tan perfecta? Eras dueño de lo que querías. Supongo que ya no es de esta manera, o que al menos eres más estable. Algo así me ha parecido entender tras revisar los datos que sobre ti he podido obtener estos últimos meses. Las cartas iban acumulándose con el tiempo, y con él cada vez eran más las semanas que pasaban entre una y otra. Yo seguía masacrándome y esperando. Sabía que la última llegaría previo aviso. Si eran muchos los días sin noticias tuyas cogía el metro y bajaba cerca de tu casa. Paseaba por allí, atenta a no encontrarme contigo, a que no me vieras desde alguna de tus ventanas, pero siempre con la esperanza encendida. ¡Estaba tan convencida de que volverías! Caminando por esas calles, por las tuyas, comprando en tiendas en las que suponía que tú también comprabas, me sentía más cerca de ti. A veces me parecía oler tu colonia, escuchar tu voz a lo lejos. En una ocasión, en las últimas semanas de correspondencia, me pareció verte. Al principio divisé al fondo de una calle llena de vida a una chica rubia que una vez me presentaste. Pensé que era una coincidencia magnífica, pues la primera vez me resultó realmente simpática, e incluso pensé en acercarme a saludar. La conocí una tarde, mientras explorábamos unos puestos de antigüedades. No recuerdo dónde fue, puede que en París. Sí sé que era primavera y que en aquellos años viajábamos mucho. Cada seis meses cambiábamos de país y de casa, siempre buscando tu dichosa inspiración. Caminábamos entre los puestos de tela, rebuscando y removiendo lo que encontrábamos. Ya se  había convertido casi en una afición. Tu pasión por la inspiración era a veces muy intensa, incluso se parecía a la obsesión. Pero aquella tarde estabas tranquilo. Sonreías. No habíamos ido a aquel mercado buscando alguna musa tuya, salimos a pasear y terminamos allí sin haberlo planeado. A mí me encantaba. Estaba feliz por pasear cogida a tu cintura, contigo arremolinando mi pelo. Eran los días en que tu alma de artista me daba una tregua y cedía un poco, dándome algo de ti. En esos días sentía que me hacías gigante, pletórica, una reina. La plenitud del amor contigo. Nos gastábamos bromas, reíamos. A veces me besabas. Me acuerdo de que me encapriché de un vinilo que vi abandonado al fondo de una caja, en uno de esos tenderetes. Llevaba años buscando algo así y totalmente impotente lo miraba. Era demasiado caro para mi paupérrimo bolsillo, y mis manos solo se permitían rozarlo. Tú, de lejos, habías visto la escena y  te acercaste por detrás ofreciéndote a comprarlo. Mi desbocada sonrisa me delató y con ese trozo de felicidad entre las manos nos encontramos a tu amiga. La recuerdo rubia, con el pelo muy largo y liso. Sus vaqueros entallados y su camisa ceñida parecían haber sido hechos a medida. Tan sencilla y tan perfecta. Yo estaba tan ensimismada con mi regalo que no me di cuenta de su incontrolable atractivo. Al principio os quedasteis de frente, sin deciros nada, solo mirándoos. Y fui yo quien te preguntó qué pasaba, y si todo iba bien. La presentación fue corta. Ella nos contó algo de su trabajo, de unas vacaciones, y nos fuimos de allí. Durante todo el tiempo que estuvimos con ella no me soltaste ni un segundo. Tu brazo rodeando mis hombros era firme e incluso un poco duro. Casi sin que me diera cuenta me sacaste de su mirada rubia y me hiciste aún más feliz en algún otro sitio que ya no recuerdo. Cuando eras tan alegre, tan cercano, me olvidaba del resto del mundo y solo estaba pendiente de ti y de tus movimientos. La segunda vez que la vi estaba casi igual. Su pelo era del mismo rubio, un poco más corto. Y su silueta perfilada en la luz matinal del verano seguía siendo perfecta. De lejos la miraba. Sonreía a un tendero que se había acercado a ella ofreciéndole alguno de sus artículos. Charlaban con tranquilidad, como si fueran conocidos de hace mucho tiempo. Yo también sonreía al ver una escena tan agradable. Comencé a caminar en dirección hacia ella. Lo simpático de la situación me había empujado casi inconscientemente a acercarme a saludarla. Veía en ella a alguien relacionado contigo. En parte te veía a ti. De repente, cuando estaba a poco más de veinte metros, de un portal contiguo, saliste tú. No habías cambiado ni un ápice. Llevabas la última camisa que te regalé. Estaba muy cerca de ti. Otra vez cerca de ti. Frené en seco y miré cómo te acercabas a ella y besabas su mejilla, como hacías conmigo al encontrarnos después de unas horas o al volver del trabajo. Comprendí que en ella estabas tú y que las cartas pronto terminarían. A los pocos días llegó la penúltima. Me pregunté si ella sabría algo sobre nuestra correspondencia o si se lo ocultabas. También me pregunté entonces por todo lo que a mí no me habrías contado, escondiéndolo bajo tu máscara de arte, trabajo, libros y cuadros. Si en los poemas que a veces por la noche me hacías leer estaba ella, yo, o cualquier otra. Esa carta permaneció durante días en tu lado de la mesa de la cocina. A veces la cogía y paseaba con ella por la casa, pero siempre sin abrir. De esta forma intentaba convencerme de que dentro no vendrían más que buenas noticias, noticias de amor y de tu vuelta. Pero era una carta sin más, igual que las otras. Me contabas alguna cosa, alardeabas sobre tu último proyecto, y no me hablabas de ella. Contesté seca y desganada. Por una parte pretendía que te dieras cuenta de que algo me pasaba, que no todo iba bien, y con eso acercarme un poco más a ti, involucrarte en algo mío, aunque fuera una preocupación que durase segundos. También es verdad que por otro lado ya estaba cansada de buscarte en un trozo de papel. Eran muchos los meses que habían pasado desde que te marchaste y el agotamiento estaba llegando a su límite. No quería seguir echándote de menos de una forma tan masoquista, engañándome y convenciéndome de que algún día entrarías en nuestra casa, con la llave que te llevaste en alguno de tus bolsillos. Para alegría o pena mía el siguiente sobre tardó poco tiempo en llegar. No traía remite y con él ponías fin a nuestra brevísima correspondencia. Me contabas que te marchabas del país, que tu inspiración ahora estaba en la India y que allí ibas en busca de tu musa. Insististe en que no te contestase, que te irías en muy pocos días. Y así lo hice. No quise darle muchas más vueltas al asunto. Me prometí que sería la última vez que te echaría de menos. Pasé lo que quedaba de día ordenando tus cartas y tus fotos, oliendo tus libros. No guardé nada, dejé todo como estaba. Vi que sería mucho más complicado acostumbrarme a una nueva vida sin nada tuyo una vez que ya me había acostumbrado a vivir en esa rutina, en la que tus cosas formaban parte del paisaje. De todas formas no descartaba la idea de irme de la ciudad. Me habías dado una buenísima idea. ¿Por qué no empezar en un lugar distinto, sin ti? Y lo pensé durante otros tantos meses hasta que me decidí. La vida me daba vueltas, nuestra habitación me daba vueltas, nuestra cocina y nuestra casa giraban sin cesar. Tu recuerdo me volvía loca. Barajé numerosas opciones, consulté en el trabajo las posibilidades de traslado, pensé en montar mi propio negocio, en aprender idiomas. Las cosas fueron difíciles en aquel entonces. Olvidarte se me hizo un mundo. Con tantos años como tengo ahora no me parecen más que tonterías. Y con tonterías me refiero a las muchas vueltas que le di a todo y a lo difícil que lo hice. Nunca he creído ni creeré que lo que sentí por ti fuese una insignificancia. Fue un amor y, como tantos, cuesta desprenderse de él. Me había anclado a ti después de tantos años de vivir sola y únicamente de tu presencia. En momentos como este en los que te recuerdo me enfado conmigo misma por no haber tenido la capacidad de ser más independiente, de enamorarme de ti pero no respirar de tu aire. En lo que a esto se refiere sí fui imbécil. Ignorante más propiamente dicho. No supe cortar con lo que te hacía adictivo. Ese fue mi error. No me arrepiento sin embargo de haberte amado como lo hice, de darte lo que te di, de ser tu musa, tu modelo en la pintura, tu otro tú. ¡Cuántas veces me lo dijiste así! Qué jóvenes éramos y cómo sonrío ahora al recordarlo. La pasión, las palabras nos llevaron a decir cosas que se grabaron en el alma. A ti, con tu poesía, te daba igual parecer cursi. “Es arte, es arte”, repetías. Aprendí mucho de ti y de tu forma de tratar las palabras. Sabías, y supongo que aún lo haces, hilarlas bien, unas junto a otras siempre sonaban a música. Las hacías llover sobre el papel, o me las decías a mí bajito al oído, en la penumbra que creaban las luces que entraban de la calle. Eran fantásticas aquellas veladas a oscuras de versos espontáneos. La magia brotaba de tus palabras. Eras un auténtico hipnotizador. Eso sí que era arte. Una parte de todo eso se conserva en tu cuaderno gris, de lomo rojo. No sé si lo dejaste queriendo o sin querer. Pero estuvo en tu mesita de noche durante todos los meses que permanecí en  nuestra casa yo sola. Me había acostumbrado tanto a su presencia que no me di cuenta de que estaba ahí hasta el día de la mudanza. Y lo traje conmigo. Siempre ha estado allí donde yo he ido, como una especie de talismán. Me siento exclusiva por tener en mis manos unos versos tan buenos que nadie va a leer, que solo tengo yo. Hay también algún que otro dibujo, un par de retratos míos, durmiendo. Me resultó extraño encontrarlo ahí, porque la pluma que siempre estaba a su lado te la llevaste. Nunca he dejado de pensar que fue una especie de regalo de despedida que me hiciste, una parte de ti más tuya que cualquier otra cosa. Solo lo he compartido con una persona, esa que me acompaña al dormir, al comer y, en definitiva, al vivir. No fue un sustituto tuyo. Solo faltaría. Él también llegó sin previo aviso y, aun sin ser artista y nada bohemio, ha sabido quererme desde el primer día. No leerá estas páginas, respeta absolutamente todo lo mío, y sobre todo lo que escribo. Entre otras cosas, es una de sus grandes virtudes. Sabe toda la historia que tuve contigo y lo mal que lo pasé, tan sola. Algunas veces incluso se reprocha a sí mismo no haber venido antes a salvarme de esa negrura. Pero se le pasa rápido si le canto una canción que nos gusta mucho, que por casualidad está en el disco que me regalaste, y entonces bailamos en el salón de casa. Cuando los niños eran pequeños apenas podíamos, porque andurreaban por ahí sus cosas y siempre debíamos estar trabajando o atendiendo cualquier labor. Ahora que estamos solos, ya vienen de vez en cuando los mayores y el pequeño también algunos fines de semana, bailamos a menudo. Como tenemos más tiempo para todo, para hablar más, para conocernos más, si es que es posible después de tantísimos años, muchas veces sale el tema de nuestra vida antes de conocernos. Y le hablo de ti y de los viajes que hicimos juntos. Nunca se ha sentido celoso, siempre me lo dice. ¡Es tan bueno! De hecho, le encantaría conocerte, ponerte cara ahora, ver al hombre de las fotos, tan novelesco, en la realidad. Pero yo sé que no es buena idea. Si sigues siendo como eras, como al menos creo que eras, no os entenderíais. Tu personalidad siempre tan despreocupada no encajaría con la suya. Por tu parte, he visto que te has asentado un poco. Ya escribí que no me he entrometido mucho, pero sí sé que llevas viviendo varios años en la misma ciudad (¡un récord para ti y tu inspiración!) con una mujer que no logro adivinar si estaba en tu lista de amigos ya cuando nos conocíamos o es posterior, y que trabajas dignamente en una galería de arte moderno, aún sin jubilar. Desconozco si te has casado, si tienes hijos, si has publicado alguno de tus poemarios. Sería profundizar demasiado, y no está bien ni por ti, ni por mí, ni por mi marido. Se convertiría en una falta de respeto inmensa que seguramente no me perdonaría a mí misma en muchísimo tiempo. Él, que incluso me ha acompañado en mis viajes de investigación sobre tu paradero, no se merecería algo así. He contado con gente buena y eficiente durante este tiempo que me ha ayudado a dar contigo. Hemos tardado mucho menos de lo impensable, teniendo en cuenta que yo había perdido tu segundo apellido y que eso duplicaba el campo a explorar. Pero ya sabemos dónde estás, qué haces y qué puedo hacer yo con todas esas cajas que están en el trastero. No te negaré que en algunas épocas de bajón, cuando la vida se vuelve cuesta arriba, iba y abría alguna. Acariciaba nuestros recuerdos, les quitaba el polvo y volvía a ordenarlos. Era la nostalgia de la vida fácil, de lo sencillo, de una realidad que ya no es y que hace mucho que se evaporó. Todas tus cosas han estado ahí siempre, esperando a que vinieses a recogerlas, como dijiste en tu primera nota. Las he cuidado como si fueran mías, ya lo sabes. Y ahora, que no sé cuánto más podré cuidarlas, decido enviártelo todo. Puede que no me recuerdes, que no recuerdes todo lo que allí dejaste. Pero dime para qué quiero morir con todas esas cajas en mi casa, por qué he de conservar unos recuerdos que hoy se venderían en un anticuario. Creo que he disfrutado de ellos mucho más tiempo que tú y que por eso ha llegado tu momento. Si tienes esposa e hijos y esto te parece un mal trago que pasar lo siento mucho. Te aseguro que si ellos te quieren de verdad no será un problema más que pasajero. Ten en cuenta que no te obligo a quedarte con nada, son tus cosas, lo que dejaste en aquella nuestra casa, y bajo tu responsabilidad quedarán. A mí, te voy a ser sincera, me traen sin cuidado. Llevaba mucho tiempo sin acordarme de esas cajas hasta un día de hace unos meses que subí buscando una bicicleta antigua para mi nieto, que pasó aquí el verano, y las vi. Todas al fondo, en la misma posición en la que las había dejado tantos años atrás. Me acerqué a ellas y las fui abriendo una a una, respirando el olor tan a pasado que desprendían. Era el momento de devolvértelas. Era ya. Mi marido estuvo de acuerdo con mi decisión. “¿Estás segura?”, me preguntó una sola vez. Y al ver que yo no tenía duda él me apoyó. Desde entonces hemos hablado mucho de ti, es lógico. Mis hijos, por el contrario, no saben nada. Nunca me han preguntado nada sobre mi vida anterior al matrimonio. Son discretos y respetuosos como su padre. Ellos piensan que viajamos por placer, que nuestra afición de jubilados es investigar en archivos y leer periódicos antiguos. Puede que incluso piensen que son cosas de viejos y que tampoco tienen que hacernos mucho caso. La cuestión es que de cualquier manera salgo ganando, ya sea por la familia tan maravillosa que tengo o porque sea una vieja que escribe a veces y que otras está un poco loca. Toda esta carta, tan larga, es para ti. Desobedezco tu última petición, no sabes lo rebelde que estoy con los años. Creo que no me voy a arrepentir de ninguna de las palabras que te he escrito. Y por eso me quedo contenta, sabiendo que tú tendrás todo lo tuyo, y sabiendo que yo estoy entera y feliz después de tantos malos ratos que pasé por ti. Tranquilo, no terminaré sin darte las gracias por todos los buenos. Algo te he comentado antes, me hiciste muy feliz, no lo olvides. Pero toda esa felicidad no fue capaz de llenarnos a ninguno de los dos. No pienso que sea una pena. Vivimos esa etapa de nuestra vida como debimos vivirla, cogidos de la mano y cerquita uno del otro. Fue un capítulo que se cerró y que dio paso a otro y a otros. O no fue capítulo y, por lo tanto, no se cerró, al vivir con unidad, intensidad y con toda la plenitud. De todas formas, está claro que vida no hay más que una, qué pena, esto sí, que no nos demos cuenta hasta que no nos hacemos viejos. Si me lo hubieran dicho al nacer habría sido mucho más feliz, habría vivido todo lo que viví mucho más intensamente. Pero las cosas son así y no nos queda más que  quererlas como son. Seamos felices entonces, aunque estemos viejos y arrugados.

Firma aquí aquella que un día se prometió no volver a escribirte, quien fue tu otro tú.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s