Pièce de résistance

Odiaba ver a su madre llorar, y ella lo sabía. Desde que al fin se dio cuenta de que a su hija parecía cortársele la respiración cada vez que veía una de sus lágrimas intentó evitar estas situaciones. Andaba por los pasillos, salía al jardín, revisaba la cocina.  Pero era incapaz de llorar a escondidas, en secreto. No soportaba estar triste y que nadie se enterase. Casi no comprendía el llanto si no había alguien que lo escuchase. Su afán por ser oída llegaba a unos límites casi inhumanos. A menudo rozaba el egocentrismo y la cobardía que va ligada a él.

Cada vez que se sentía mal o encontraba algo que le oprimía el corazón corría al baño a ocultarse de los ojos grises de su hija. Esos que eran aun más grises, color tormenta, si la veían llorar. Dejaba la puerta mal cerrada intencionadamente y lloraba. Lloraba como una plañidera bien pagada. Con los minutos que pasaban sus gemidos eran más y más fuertes. Tosía. Y forzadamente se sorbía la nariz. Hacía un ruido simulando que algo se le caía de las manos. Las primeras veces consiguió que alguien fuera a ver qué ocurría. Pero tras repetidas ocasiones fue cogida en su embuste y los golpes dejaron de tener visita. Su hija sabía desde el primer momento el teatro que su madre representaba, sola frente al espejo y sin más público que sus propias lágrimas. Por eso, cada vez que escuchaba a la madre llorar, ella cantaba. Cantaba y cantaba. Según el volumen del llanto crecía,  aumentaba el de su canto. Música de todos los tipos, de todos los registros. Daba igual. Aquel llanto más o menos falso era una tortura. Golpeaba incesantemente los muros de la casa, casi siempre vacía. Le martilleaba los oídos. El traqueteo de los pulmones de su madre al dar a luz aquellos alaridos de dolor provocaba en ella una sensación de angustia que la asfixiaba. Cantaba y cantaba. Y cerraba tras de sí todas las puertas que iba cruzando y que eran murallas que la separaban de los finos gritos. A la dolorosa le llegaban todas las notas. Y se enfurecía. Sentía que su llanto era mudo. Incluso valoraba la posibilidad de que su hija fuera sorda. Y eso le enfadaba aún más. Golpeaba las paredes con los puños. Rompía lo que encontraba a su paso. Buscaba a su hija por toda la casa. Esos ojos gris tormenta que le hacían estallar en nervios. Se arrastraba detrás del olor de juventud, de la sombra blanca de la chiquilla.  E insistía. La seguía ocultándose tras los muebles y los pilares de la antigua casa. Acechándola. Una situación casi cómica. Cacería y huida del dolor ajeno.

La madre busca compasión. Ansía compasión, pena y lamentaciones por parte de su hija. Quiere hacerla cómplice de un sufrimiento imaginario, quizá pasado pero ya desaparecido, y no es capaz de lanzarle una palabra. Pretende que todo sea casual y natural, e ignora la pantomima en la que cada día actúa. La hija corre. Corre por los pasillos del palacete huyendo de la congoja de su madre. Todo le huele a mentira, o al menos pretende que lo sea. Tan joven como se ve cree ser incapaz de soportar un dolor tan grande como el que una madre tiene. Escapa a la música y canta. Huye a su habitación y canta. Ignora y canta. Y al final se hace la sorda. Sorda al llanto de su madre, sorda al llanto que origina en ella misma, sorda a los golpes y a la acentuada respiración que la persigue. Y ya agotada la madre se rinde. Y ya la hija suspira aliviada. Un día menos. Un llanto más. En un cuadernito la hija hace una pequeña marca con tinta oscura. Es la señal de que ha superado una nueva carrera. La madre saca un papel rosado de su bolsillo. Con un lápiz dibuja una rayita. Es otra derrota. El parte de guerra.  Ambas lo guardan y esperan a que la batalla vuelva a declararse. Cae la noche. Y la soledad de ambas da una tregua a las lágrimas de cristal y a los ojos gris tormenta. Sueñan con el fin de la batalla. Latente en las horas nocturnas, como dormida.

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¡A saber!

No nos dimos cuenta de en lo que nos habíamos convertido hasta que una mañana, ¡Dios sabe cuál!, nos despertamos con las mentes despejadas.

El cielo clareaba pronto y el fatigante calor se veía consolado por la brisa matinal, tan propia de los meses de verano. Poco a poco el sol subía y subía, llenando la tierra de luces de amanecer, de esas que nos hacen a muchos remolonear durante interminables minutos entre sábanas suaves y pegajosas.

La vida de la calle también despertaba, y con ella las habituales voces de cualquier mañana. Esas rutinarias mañanas de verano, en las que no hay nada que hacer, en las que casi se puede sentir el girar de la tierra sobre sí misma y a la vez alrededor del sol. Se escuchaban también los ruidos que hacían los motores de algunos vehículos al pasar, seguramente en dirección al puerto, hacía donde confluía el río de almas que inundaba la ciudad. Más allá algunas campanas daban por terminada la noche y en sus golpes secos se quemaba cualquier resto de pereza que quedase escondido.

Lo propio entonces era por fin levantarse y correr las limpias cortinas que tan bien planchadas esperaban al verano; asomar la vista a la vida y después tomar el café que pacientemente esperaba en la mesita blanca de hierro junto a la fuente del patio. Y así una mañana y otra mañana. Rutinarios. Felices. Ociosos.

Hasta aquella mañana. ¡Dios sabe cuál! En la que nos despertamos con las mentes despejadas y separados por miles de kilómetros. Comprendimos en qué nos habíamos convertido.

En la pared

Cayó la tarde y las horas
se nos hicieron de oro.
Calló el reloj y nos convertimos
en luz blanca de mayo.
Nos acercamos a la línea de salida,
éramos la aproximación al infinito.
Y empezamos.
A correr. Volar. Navegar. Ser.
Y seguimos caminando.
¿Y el final?
Minutos. Minutos. Minutos.
Me sueltas la mano.
Abandonas el camino.
Y en tu ausencia gris se hace
más y más triste el tic tac en la pared.