¡A saber!

No nos dimos cuenta de en lo que nos habíamos convertido hasta que una mañana, ¡Dios sabe cuál!, nos despertamos con las mentes despejadas.

El cielo clareaba pronto y el fatigante calor se veía consolado por la brisa matinal, tan propia de los meses de verano. Poco a poco el sol subía y subía, llenando la tierra de luces de amanecer, de esas que nos hacen a muchos remolonear durante interminables minutos entre sábanas suaves y pegajosas.

La vida de la calle también despertaba, y con ella las habituales voces de cualquier mañana. Esas rutinarias mañanas de verano, en las que no hay nada que hacer, en las que casi se puede sentir el girar de la tierra sobre sí misma y a la vez alrededor del sol. Se escuchaban también los ruidos que hacían los motores de algunos vehículos al pasar, seguramente en dirección al puerto, hacía donde confluía el río de almas que inundaba la ciudad. Más allá algunas campanas daban por terminada la noche y en sus golpes secos se quemaba cualquier resto de pereza que quedase escondido.

Lo propio entonces era por fin levantarse y correr las limpias cortinas que tan bien planchadas esperaban al verano; asomar la vista a la vida y después tomar el café que pacientemente esperaba en la mesita blanca de hierro junto a la fuente del patio. Y así una mañana y otra mañana. Rutinarios. Felices. Ociosos.

Hasta aquella mañana. ¡Dios sabe cuál! En la que nos despertamos con las mentes despejadas y separados por miles de kilómetros. Comprendimos en qué nos habíamos convertido.

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