Altos vuelos

Volaba y volaba, calle abajo, subida en su bicicleta. El viento tan de otoño arañaba fiero sus pomulillos rosas y calientes. La nariz se asomaba por encima de la bufanda, esa que mamá había colocado tan estratégicamente para que la boquita de plata no sintiera el frío. Pero con el esfuerzo del pedaleo incesante y la risa que le producían esas cosquillas que te hace la sangre en los pies, en la tripa, la bufanda de lana gorda y azul fue bajando, hasta no tapar más que el cuello. Y la calle no terminaba nunca. Más y más metros. Más y más fuerza. La risa. Los labios cortados y congelados, la sonrisa como grapada, y los dientecillos pequeños asomando con las carcajadas. Sigue la calle adelante. Sigue el pedaleo incesante. No hay un solo coche. No hay apenas vida a estas horas de la tarde, en este pueblo, en el que el frío arrecia mucho antes que en el resto del país. En su viaje le llegaba el olor a chimenea, a leña que se quema, a salones calentitos, de las casas circundantes. De vez en cuando adivinaba dónde estaban merendando castañas. Qué frío. Qué larga la calle. Ni perros hay. Y el cielo gris plata, como su boquita, con el sol medio dormido allí, detrás de aquellos tejados naranjas. En unas semanas, a esta hora, ya será de noche. Se acabarán los pedaleos, las aventuras en bicicleta, la inquietante intriga del doblar la esquina. Ya parece que se ve el final. Ahí comienza la otra calle. Está prohibido ir más allá, es demasiado pequeña. Y cuando apenas quedan unos metros, un espacio de nada, escucha a mamá que la llama desde el portal. Alegremente, hace un giro temeroso y atrevido y vuelve a casa. Tiene infinitas tardes para ir al final de la calle.

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La historia

Cuéntame la historia de una vez, de aquel que vino un día a casa, de improviso, sin ser esperado absolutamente por nadie. Dame los detalles de cómo fue, todos y cada uno de ellos, del tiempo, del espacio, del correr de los instantes. Dime si faltó algo, si aquella inabarcable sorpresa tuvo algún fallo, si creíste que podía ser mejorable, si solo por un segundo –aunque solo fuera uno- quisiste cambiar algo.

Cuéntame la historia otra vez. Sí. Esa historia que llevas tan dentro, esa que sacas fuera sin apenas esfuerzo aparente, esa que parece que no te cansas de repetir, esa que me hace salir por momentos de este mundo y volar contigo, con tus palabras, con tus maneras de mirar, a esa realidad que cada día vives ya desde hace tanto tiempo.

Cuéntame la historia en la que por una vez te sentiste tú. Por fin completa. Inesperadamente completa. Puesta a hacer un examen sorpresa porque sí, porque el tiempo. Tomada en plena guerra por la espalda, sorprendida. Y que aún te sorprende, que todavía no eres capaz de reconocer como tuya, como historia tuya, como realidad tuya.

Repíteme esa historia en la que un día, con la delicadeza con la que llega el otoño, con lo imprevisible de la adolescencia, con tanto tiento, él llegó. Y llegó cargado de miles de cosas para ti, que toda su vida llevaba recolectando, guardando, para darte. Fue, como siempre me has contado, la plenitud verdadera que toda persona ansía algún día conocer. En la media sombra de una mañana calurosa, me dijiste, te miró así, tan hondo, como si fuera una ráfaga de luz que todo lo inunda, y supiste que a partir de entonces nada volvería a ser igual.

Cuéntamelo, por favor. Cuéntamelo.

Cómo tú te supiste hecha para él, cómo viste inexcusable rechazar esta opción. Cómo entendiste que, aunque pasaran años, meses, eternidades, en el fondo de cualquier mirada os encontraríais. Porque, así lo veo yo, la pureza y la verdad de aquel momento solo unos pocos son capaces de encontrar, y tan solo una vez en la vida. Sabemos, tengo la seguridad de que tú lo has pensado en alguna ocasión, que es una suerte vivir algo así, tan real. Y puedo incluso tener envidia y quererlo yo también para mí. ¡Y ojalá sea! Pero por esperarlo no llegará. Porque a ti te ocurrió así, sin ni siquiera imaginarlo, sin saber ni que existía. Y fuiste dichosa. Dichosísima. Agraciada. Y él también, por encontrarte, por mirarte, por la mirada que supongo obtuvo de ti.

Os tuvisteis unos microsegundos. Una bocanada de aire capaz de mantener un alma con vida durante toda la eternidad.

Cuéntame la historia otra vez. Cuéntamela. Cuéntame la historia del día en que te enamoraste.