Cuento de Navidad

La encontré entre mis libros de la universidad cuando escapaba del desorden de la casa en la víspera de Navidad. Seguía en aquella caja en la que la había guardado tanto tiempo atrás, una caja de madera que posiblemente robé de la despensa de mi madre. La madera, aunque empolvada, no aparentaba años; no estaba agrietada ni carcomida como podría esperarse. Con sumo cuidado la cogí temeroso de que se dejara caer como una pluma. No puedo explicar la manera en que mis ojos fueron a parar a ella. Había estado en mi estudio desde siempre. Yo había pasado en mi estudio miles de horas. Con ella. Y nunca había caído en la cuenta de que compartíamos el tiempo. Juntos, como cuando era niño. Unas bisagras doraditas en un extremo de la caja permitían abrirla. Al destaparla mi infancia se me echó encima. Rápidamente viajé a través del tiempo hasta entrar en una oscura habitación con escasos muebles y todavía menos juguetes. Salí al pasillo de esa casa a la que había llegado, que yo veía pobre y se me seguía antojando oscura, y caminé en dirección a la única luz que podía ver. En la cocina un niño sentado a la mesa junto a su madre. Los dos cenan en silencio y despacio disfrutando de cada uno de los bocados que se llevan a la boca. Como si fuera el último. En la radio suenan villancicos en clave de jazz y soul interpretados seguramente por algún cantante negro del momento. De vez en cuando, la también apagada voz del locutor comenta algo sobre las canciones, sobre el mal tiempo que hace fuera, sobre la luz que en las casas de sus oyentes debe estar vistiendo la Nochebuena. La madre mira a su hijo y él pocas veces levanta los ojos del plato que desea hacer eterno. Las piernas balanceándose ininterrumpidamente bajo la mesa, en el espacio que cuelga entre los pies y el suelo. La temblorosa luz de la cocina amenaza con apagarse en cualquier momento. Y por la cabeza de esa madre solo están todas esas Nochebuenas que había imaginado poder darle a su hijo, que todavía quiere darle. Le apena no poder ofrecerle más que ese plato caliente, no saber cuándo podrá volver a tener unas monedillas para gastarlas así, tan insensatamente. Y aunque parezca que no, su hijo la ve. Ve la tristeza de su alma cantando, como la radio, en los ojos de su madre, en las manos pálidas casi amarillas, y en la desolación de su único mejor vestido que se ha puesto justo para la ocasión. Cuando  acaba la última cucharada de esa especie de puré verde con el que celebran la Navidad -¡ni siquiera hay un bocado de pan!- esconde las manos bajo la mesa y las junta entre las piernas buscando el calor de la carne. La madre le sonríe, le acaricia con los ojos, las pestañas doradas, y le pasa la mano por la cabeza. El pelito liso y largo parece responder al contacto de la fría mano.

-Imagina, mamá, que la Navidad no existiera –la madre se sorprendió  y tuvo que buscar rápido una respuesta.

-Es imposible, hijo. Sin Navidad no estaríamos hoy tu y yo aquí sentados comiendo, tan felices –e hizo una mueca que aspiraba a ser sonrisa. Su hijo contestó curvando también las comisuras de los labios.

-Es verdad -susurró.

Después de tomar un vaso de leche como postre especial el niño dio las buenas noches y caminó hasta su habitación. La madre se quedó en la cocina fregando los platos. Dijo que escucharía la radio un ratito más. Era la misma habitación a la que yo había llegado hacía tan solo un rato. El niño entró a oscuras y se acercó a la cama. Pude ver que a tientas buscó el interruptor de una lamparita de vidrio que tenía en la mesilla de noche. Una vez más juntó las manos entre las piernas que se balanceaban en el aire. Vi como miraba las sombras que la tenue lucecilla hacía en su dormitorio. Se puso de pie y se acercó a la ventana. Susurró algo que no pude escuchar. Un circulito de vaho en el cristal empañó la imagen de nieve y noche que se veía. De nuevo susurró algo, pero esta vez sí pude oírle. Lo repetía una y otra vez.  Decía: “¿Y si de verdad la Navidad no existiera?” Parecía un disco atrancado bajo la aguja. Lo repetía sin descanso. Unos golpecitos en el cristal hicieron que se callara. El niño paseó la mirada por la ventana buscando la fuente de aquellos ruiditos, pero era imposible ver algo en aquella oscuridad que caía sobre la nieve. Y otra vez el repiqueteo. El niño se agachó, entornando los ojos. De repente dio un paso atrás y un gritito se le ahogó en el pecho. Volvió a acercarse y se frotó los ojos. No decía nada. Hizo fuerza contra la ventana hasta que consiguió  abrirla con un pequeño gruñido.

-Vamos, vamos, déjame entrar. No te imaginas el frío que hace fuera. ¿Por qué has tardado tanto en abrirme? ¿Acaso no esperabas que viniera? ¡Si tú mismo me has llamado! Cómo me he puesto de nieve. No te importa si me quito las botas un ratito, ¿verdad? Las tengo congeladas. Qué frío. ¡Qué haces ahí parado, cierra la ventana ya! ¡Se va a escapar el poco calor que hay aquí adentro! –desde donde yo estaba no podía ver de dónde venía la voz. Solo veía al chico de espaldas a mí que rápidamente iba a la ventana y la cerraba. –Venga, venga, vamos. Siéntate. No sé a qué viene esa cara, tanto asombro. Vamos, ahí, siéntate en la cama –cuando el chico se apartó vi un ser diminuto sobre el alfeizar de la ventana sacudiéndose la nieve de los hombros e intentando quitarse las botas. Era un personaje a medio camino entre Campanilla y Pepito Grillo. El niño parecía tan asombrado como yo. Traía en la espalda una bolsa más grande que él, literalmente, que todavía no consigo adivinar cómo conseguía arrastrar. Era un bulto enorme que aún no se había atrevido a quitarse. En una mano llevaba un gorro, también diminuto, hecho a medida. – Bueno, bueno –lo suyo eran las repeticiones, estaba claro. –Déjame que piense un poco. Tengo que conocer el terreno –el duendecillo miró a su alrededor. Dejó el gorro junto a las botas y paseó arriba y abajo por el alfeizar contemplando la habitación hasta donde la pobre luz de la lamparita le dejaba. Las campanadas de un reloj en la sala de estar le hicieron volver a abrir el pico.- Pero, pero, ¡qué son las diez! No tenemos tiempo, no tenemos tiempo. Vamos, chico, coge una bufanda. ¿No pensarás salir así con la nevada que está cayendo? Vamos, vamos, no hay tiempo que perder. Un, dos – y mientras metía los pies en sus botas, se ajustaba el lanoso gorro a la cabeza, los guantes a las manos. La mochila bien colocada en la espalda. El niño se cerró todos los botones de la chaqueta y se subió los cuellos. Fui yo entonces el que se apenó al comprobar que en aquella casa no había ni para una miserable bufanda. – Vamos, chico, vamos. Abre la ventana –el chico la abrió.- Venga, muy bien. Y ahora, sal –el niño no se movió entonces. –Vamos, sal. ¿Qué ocurre? Primero una pierna, luego la otra, y ya la cabeza. Vamos. ¿Qué haces ahí parado? ¡Sal! –pero seguía quieto.

-¿Cómo voy a salir? ¿Y mamá? –la voz del niño era tranquila, serena, a pesar de lo irónico de la situación. – No puedo irme sin decírselo a mamá. Ella no me dejará salir tan tarde.

-¿Qué? ¿Mamá? A ver, a ver –el duendecillo sacó un papel de su bolsillo y deslizó el dedo arriba y abajo. – Mm, sí. Aquí estás. ¿Este es el 239 de San Patricio, no? – el duende miró a la calle. – Sí, sí, claro que es. Y tú… Tú eres Manel, ¿verdad? El chico que intentaba imaginar un mundo sin Navidad, ¿no? –el niño asintió.- Entonces, ¿qué problema hay? Venga, vamos. He de llevarte a que veas una cosa. Y se me hace tarde.

-Pero, ¿mamá? –el niño insistía con carita de pena.

-No te preocupes por mamá ahora, chico. Venga, vamos. Es hora de salir –el duende le tendió su diminuta mano y Manel sacó el cuerpo por la ventana. Los copos de nieve empezaron a cubrirle el pelillo rubio. –Iremos más rápido si me dejas ir en tu mano. Como comprenderás –y se miró los pies -mi paso es corto –se le escapó una risita, como si se hubiera acordado de un chiste. El niño también sonrió.

-¿Y hacia dónde tengo que ir?

-Tú camina, camina calle abajo. Allí nos estarán esperando.

-¿Esperando? ¿Quiénes? –y mientras cruzaban el jardincillo y llegaban a la acera me apresuré a correr tras ellos. No podía perderlos. También salí a la calle y la nieve tan helada me provocó un escalofrío.

Les seguí en el frío de aquella Nochebuena. Las calles estaban desiertas. En las casas se veían luces encendidas. Era un barrio pobre pero daba la impresión de que la gente celebraba la Navidad como podía, aunque fuera cantando alrededor de una pandereta. Hacían lo que estaba en su mano, como la madre de Manel. En nuestra travesía escuchaba los zapatos del chico al chocar contra los adoquines del suelo y su ruido seco que reverberaba en las fachadas de las casas y producía eco. El duendecillo era un charlatán empedernido que no había forma de callar. Manel escuchaba pacientemente y de vez en cuando asentía con un sonido gutural. Como para hacerle entender al enano que seguía allí. La calle era larga y estrecha. Los edificios muy altos y oscuros. El cielo era denso y la nieve bailaba en su imparable caída. Llegamos por fin, yo detrás escondiéndome en las sombras de la noche, a una placita octogonal con una fuente en el centro. Pude ver unos rayos de luna –los más potentes- que se colaban a través de las nubes reflejados en su agua congelada. El chico se detuvo junto a ella.

-Bien, chico, bien. Por aquí deben estar esperándonos –con un salto se bajó de la mano de Manel y se paseó por el borde de piedra de la fuente oteando el horizonte. -¿Tú los ves? Yo creo que ya es la hora. No se nos puede hacer más tarde de lo que ya es. Y esto –entrecerró los ojos y dio un golpecito a su mochila,- esto pesa más que una vaca. ¿Dónde están? –mientras el duendecillo seguía buscando a los que vendrían a recogerles yo miraba a Manel. En sus ojos se mezclaban la sorpresa, algo de agradecimiento, casi entusiasmo con la desilusión y el hambre. Sentí un nudo en el estómago que me subía hasta la garganta y me impulsaba a acercarme. Pero me contuve. Se asustarían si vieran a un extraño espiándoles. Aquel pequeño ser volvió a sacar el papel de su bolsillo y revisó la información. –Deben de estar al llegar, chico. No te preocupes. ¡No me mires así! –el niño se señaló a sí mismo con el dedo índice con una mueca sarcástica en los labios- Sí, sí, tú. Yo no tengo la culpa de que tarden tanto.

Y de repente, antes de que a ninguno de los dos nos diera tiempo a reaccionar, un globo aerostático enorme aterrizó en la placita. El geniecillo sacó un silbato con el que dio un fuerte pitido. La llama de gas que mantenía el globo hinchado creció con un sonido estridente. Y se detuvo así, engrandecida. Al desaparecer el ruido, de nuevo el silencio de la noche reinó durante unos microsegundos hasta que una música de radio quebró la calma. Era una música muy parecida a la que Manel y su madre habían estado escuchando mientras cenaban. El niño estaba impresionadísimo y apenas podía cerrar la boca del asombro. Incluso le temblaban un poco las manos.

-Vamos, chico, vamos.  Es la hora, es la hora –el duendecillo pegó un salto y corrió hacia el globo. La cesta tenía una puerta que abrió con un  ligero golpe de la mano. –Chico, entra. Vamos, ven, entra –Manel seguía quieto. ¿De dónde había salido semejante artilugio? El duendecillo bajó de la cesta del globo y corrió hacia él. Empezó a tirar de la pernera del pantalón. –Vamos, niño. No me hagas esperar más. Tengo mucho trabajo.

-Ppppero, pero, pero… -Manel no conseguía dar con las palabras.- Pero, ¿adónde se supone que vamos? ¡No puedo subirme ahí! Mamá me reñiría –parecía a punto de romper a llorar.

-¿Cómo? Tienes que subir. ¡No puedes quedarte! ¿No te lo han dicho? ¡La estrella! –ahora el duendecillo estaba impresionado.

-¿La estrella? ¿Qué estrella? –entonces en los ojos de Manel sí pude ver verdadero entusiasmo y asombro.

-¿Eh? ¿No te lo han dicho? No puede ser –el duendecillo entrecerró los ojos y se golpeó la frente con la palma de una mano.- Oh no, no puede ser. Vamos, vamos, entra. Te lo contaré por el camino. Vamos, arriba, arriba, chico –y los dos subieron a la cesta. La portezuela se cerró y el globo empezó a subir. La música venía de dentro. Cuando apenas se levantaba unos palmos del suelo, yo corrí hacia él y me agarré a una de las cuerdas que sujetaban la cesta al globo. Desde ahí no podía verles, era el suelo de la cesta, pero sí escuchaba a Manel y al duendecillo hablar. Rápidamente el globo fue cogiendo altura y en cuestión de minutos ya veía mis pies colgando sobre las luces de la enormísima ciudad. Parecíamos los únicos en el mundo. Solo se escuchaba la radio y las voces de los dos pasajeros. –Mira, chico –distinguí la voz del duendecillo, –en el cielo, como sabrás, hay miles de estrellas. Las ves desde tu casa, ahí abajo, como algo inalcanzable y desconocido. Pero mira, mira ahora lo cerca que estamos. Desde aquí casi se les pueden ver los ojos. Tú, chico, tienes una estrella. Está ahí, ya no muy lejos. Y esta noche se te ha fundido. Es una faena tener que subir en Nochebuena, lo sé. Es noche de celebraciones, de fiesta, y blablablá. Pero soy yo el que se pasa estos días de guardia, ¿sabes? Tú solo tienes que subir, cambiar la bombilla, y pronto estarás en casa. Yo en cambio tengo que pasarme toda la noche de arriba abajo revisando estrellas y cascos de cristal. Lo que te decía. Tú, al intentar imaginar un mundo sin Navidad, has dejado que tu bombilla se funda. Entiendo que quieras saber cómo es un mundo sin Navidad, ya por la mera curiosidad. Pero mira, de verdad que no te puedes ni imaginar lo horroroso que es. Muy en serio te digo que te fíes de mí y no dejes que tu bombilla vuelva a fundirse. Mira, mira, ahí. Esa es, ¿la ves? –yo no podía ver nada. Había tanta luz allí arriba que tenía que mantener los ojos cerrados todo el tiempo. –Ven, chico, ven –el globo se paró en seco y la puerta se abrió junto a una superficie brillante y gris que no pude enfocar bien. Parecía que el chico obedecía dócilmente las instrucciones de su compañero de viaje. –Mira, ¿ves? La pobre tiene sus ojos cerrados del dolor que le produce tener la luz fundida. Toma, coge la bombilla. Está en mi mochila, en la espalda. Bien, así es. Oh, qué alivio. Y ahora, muy bien, cogemos la bombilla fundida. Así, toma, esta para ti. Y la nueva la colocamos aquí, así. Genial –una luz muy fuerte parpadeó un par de veces. La estrella se encendió con fuerza e inundó aún más si cabe todo aquello de luz. -¿No te parece maravilloso? Esto es lo que más me gusta de mi trabajo.

-Es increíble –por primera vez desde que dejamos la placita, el chico habló.

-Venga, no podemos estar mucho más rato aquí. Debo devolverte a casa. Entra a la cestilla –los dos se subieron.

-¿Y la bombilla fundida? ¿La tiramos?

-Quédatela, chico. Guárdala siempre para que te recuerde que no puedes dejar que se vuelva a fundir la estrella. Tu luz es imprescindible, que no se te olvide. No dejes  que se apague.

Y sí, ahora lo recuerdo. Metí esa bombilla en una caja que mamá tenía en la cocina. Nunca le conté a nadie lo que pasó con aquel duende, con el globo, con la estrella. Nunca le enseñé a nadie la bombilla fundida. Sin embargo, siempre la mantuve cerca de mí, entre mis bienes más preciados, entre mis cosas de más valor. Aquella noche, al conectar la bombilla que encontré en mi estantería a una lámpara y comprobar que estaba fundida, recordé esta historia. Y decidí dejarla escrita para que la memoria no volviera a jugarme una mala pasada nunca más. La Luz de la Navidad, imprescindible para el girar del mundo, es la luz nuestra y de cada uno. Al despedirnos aquella noche, prometí al duendecillo no volverme a dejar perder por lo negativo y creer siempre en la Navidad.