A nosotros también nos gusta leer

Salí justo antes de que el reloj diera las diez. Un día luminoso hecho de un sol que se adivinaba detrás de las nubes anunciaba que al otoño le quedaban pocos días para llegar. Cerré la puerta de mi apartamentito madrileño y bajé a la calle. Escapaba del desorden de papeles, libros y pintura de casa. Mi obsesión por encontrar una inspiración que nunca venía me había llevado a descuidar por completo la limpieza. Comía a deshora, dormía entre ratos muertos cuando me agotaba de buscar palabras y formas. La luna me acompañaba en mis largas esperas haciéndose pasar por solecillo tenue. Y por fin aquella mañana había decidido romper con mi rutina de cafés y galletas y salir afuera a buscar la dichosa inspiración. Mientras bajaba las escaleras escuché el teléfono de casa pero me negué a volver a entrar y seguí mi camino. La calle estaba llena de vida. Eran los primeros días de vuelta al trabajo, al colegio, y se notaba cómo la ciudad había vuelto a su frenética actividad de un día entresemana. Vi unos niños repeinados, vestidos de uniforme, que charlaban alegremente con una señora que los llevaba de la mano y que supuse que sería su madre. En la acera de enfrente un hombre joven y bien vestido levantaba la persiana de su pequeño negocio discográfico. Al lado de mi portal unas chicas colocaban objetos de decoración en un escaparate preparándolo para la nueva temporada. Junto al quiosco de la esquina estaba aparcada la furgoneta azul que cada mañana descargaba allí los periódicos que en pocas horas serían repartidos por el barrio. En fin, nadie parecía haberse percatado de mi ausencia durante días, de mis desvelos entre los cuadernos ni de mi abandono en la incesante búsqueda de algo que no sabía cómo llamar.
Caminé calle arriba en dirección a la pequeña placita que unía las distintas zonas del barrio. Iba mirando las tiendas, la gente con la que me cruzaba, las estúpidas sonrisas con las que los tenderos invitaban a los transeuntes a comprar en sus locales.  Me detuve al ver a un hombre trajeado hablando con otro en la puerta de una sucursal de un banco. Me pareció irónica la contraposición entre el hombre vestido de traje y el otro, que llevaba unas ropas sucias y en apariencia malolientes en tonos marrones. A los pies de este hombre un chucho despeinado y legañoso olisqueaba unos papeles del suelo. El hombre del traje movía su mano derecha con insistencia. Parecía acalorado. El otro, con expresión tranquila un poco triste, miraba las puntas de sus zapatos y asentía con la cabeza. Se rascó la barba y cogió los papeles que olisqueaba el perro y empezó a andar. El chuchillo iba detrás de él, cojeando de una pata y con ademán también pesaroso. El hombre del traje abrió la acristalada puerta y entró en el banco. Malhumorada seguí andando. Por un momento mi cabeza había dejado de buscar al geniecillo inspirador y se preguntaba qué habría hecho en el caso de estar en el lugar del señor del traje. ¿Y si hubiera estado en la piel del señor del perro? Y en esto me entretenía cuando al doblar la esquina me topé con una gente que parecía estar esperando a algo. Me acerqué un poco y pude ver que era una fila larguísima con gente de todo tipo que volvía a girar más adelante en la siguiente esquina. De nuevo mi pensamiento se distrajo y empecé a buscar alguna señal que me dijera qué hacían todas aquellas personas allí o a qué esperaban. Avancé en paralelo a la cola intentando llegar al principio. Por fin llegué a los que parecían ser los primeros. Estaban de pie junto a un portal y leían unos papeles. Con interés de periodista me acerqué a ellos. Había uno que llevaba camisa bien planchada y pantalón verde. El segundo llevaba vaqueros y una sudadera. La tercera era una chica con rasgos hindúes. Pero no vestía un sari de colores vivos ni llevaba ese lunar oscuro que se pintan entre las cejas. Un vestidito blanco recortaba su joven figura y dejaba al aire unas piernecillas tan morenas como su pelo recogido en un bajo moño. En la puerta de aquel edificio no había ningún cartel que me diera alguna pista de qué hacían allí. Me lancé a preguntar. Quién sabe si podría encontrar allí mismo mi ansiada inspiración. -Buenos días, formo parte de una publicación que hacemos en el barrio –mentí- y me ha parecido interesante esta enorme fila –ahora no mentía. Señalé la multitud de gente que se extendía zigzagueando.- Puede que a mis convecinos también les guste saber la razón de tal aglomeración de gente –en mi forma de hablar y en la manera como me había lanzado a preguntarles se percibían perfectamente signos de mi reciente aislamiento. En condiciones normales jamás lo habría hecho así. – ¿Me podrían explicar por qué están esperando aquí? Bueno, ustedes y todas estas personas, claro. Si nos les importa –de nuevo mi déficit social quedaba patente.- Mm, Paloma. Paloma me llamo –e hice un intento de sonrisa.
Aquellos tres chicos se miraron entre sí y dudaron de la credibilidad que debían darme. Ninguno me contestaba y yo empecé a sentir una vergüenza de esas que suben desde el estómago y terminan en el labio y que hacen que automáticamente me lo muerda con fuerza. Sentí mi rostro enrojecerse y me vinieron a la cabeza mil y una reprimendas que cuando era niña me hicieron por ser cotilla e indiscreta. Supongo que viendo que mis mejillas estaban a punto de explotar la chica se apiado de mí y por fin contestó algo.
-Hola, Paloma.  La verdad es que sí, es normal que sientas curiosidad por toda esta gente de aquí –soltó una risita y miró a los chicos.- Mira, te cuento –y me tendió el papel que llevaba en la mano-. Trabajamos en una agencia de publicidad y vamos a grabar un anuncio allí arriba –señaló muy alto,- en la terraza del edificio. Es un spot que ha preparado un director portugués. Seguramente no lo conocerás. Aquí en España es poco famoso. Y esto simplemente es un casting. Hemos buscado a gente por todo Madrid siguiendo unas condiciones de estilo muy concretas que el director del anuncio nos exigió –miró a sus compañeros y sonrió.- Lo  siento por ti pero tú no cumples las condiciones que nos ha pedido –seguía sonriendo pero ahora con un poco de pesar.
-Eh, no, no. Yo no sirvo para estas cosas –dejé caer una risita cordial.- Ya les he dicho que simplemente quería informarme de qué ocurría aquí. Es para la revista –por si fuera poco, volví a mentir.- Gracias por la información –saludé con la cabeza a los tres y reanudé mi marcha. Llegué a la placita que había sido mi destino inicial y me senté junto al enorme árbol que crecía en el centro. Tantos días sin salir de casa me habían hecho perder toda mi fuerza física y a pesar del poco tiempo que llevaba caminando ya estaba agotada. Cuando me recuperaba del calor del ejercicio escuché unas voces cerca de mí que venían del otro lado del parterre de donde nacía el árbol. Escondida detrás del grueso tronco, de nuevo me dejé llevar por la curiosidad y espié a los que hablaban allí detrás. Vi a un hombre vestido en colores ocres sentado en el suelo. Estaba de espaldas y tenía el pelo sucio. Otro hombre con gafas de sol y una cámara de fotos agachado a su lado hablaba con él con acento extranjero. Es posible que fuera portugués. Un perro feucho muy parecido al que había visto aquella mañana estaba acostado también a la sombra del árbol. Dejaba caer la espalda en una bolsita gris con cremallera roja.
-Déjeme sacarle una foto, por favor. Es usted lo que realmente estoy buscando. Solo tiene que actuar de una forma natural –el tono del de las gafas era insistente. Daba la impresión que estaba a punto de rendirse.
-Pero, ¿para qué? ¿Por qué? ¿Acaso nunca ha visto un vagabundo con un perro flaco y un hatillo lleno de libros? ¿O es que cree que a los pobres no nos gusta leer?

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2 comentarios en “A nosotros también nos gusta leer

  1. Un final sorprendente. Es como si, en su búsqueda de un bloque de mármol adecuado para tallar el David, Miguel Ángel encontrara un trozo con la forma exacta del David. Divertido el título, que rompe esa idea tonta de que los pobres sólo necesitan cubrir sus necesidades primarias. Me pregunto quién llamaría por teléfono a la protagonista cuando cerraba la puerta de su apartamento.

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