París no se acaba nunca, de Enrique Vila-Matas

París no se acaba nunca fue uno de esos libros que llegan por casualidad. Visité mi librería preferida buscando algo para leer. Tenía (y tengo) una lista larguísima pero no me apetecía leer ninguno de aquellos libros. Quería algo diferente. Algo que yo no escogería. Me paseé durante un buen rato entre las estanterías que no eran de novedades intentando encontrar algo. Buscando un libro que me llamase la atención. Finalmente me decidí por uno y fui a la caja a pagarlo. La encargada de la tienda puso una expresión amohinada cuando me vio con el libro. “No es muy bueno”, dijo. Y le conté mi necesidad por leer algo distinto, algo que no estuviera en mi lista. Me acompañó al pasillo donde durante tanto rato había estado esperando al destino y escogió París no se acaba nunca. “Estoy segura de que te gustará.” No era la primera vez que veía a esa chica, pero sí la primera que entablaba conversación con ella. ¿Cómo podía estar tan segura de que me gustaría? Definitivamente, aquella chica sabía hacer bien su trabajo. Me vendió un libro que cambió mi manera de ver la vida, la escritura como actividad del escritor, la juventud, el amor, y si acaso, me enamoró más de París.

Es el primer libro que subrayo y señalo con marcapáginas. Es uno de los pocos libros que me hacen reír de verdad. Se me pasó rapidísimo y vuelvo a él como el que vuelve a París buscando un poco de aire o de belleza sin más. Si mi lista de libros antes de leer París no se acaba nunca era larga, al terminarlo se había convertido en casi el doble.

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A medio camino entre la ficción y la autobiografía, pienso que París no se acaba nunca es una de esas historias que se adaptan al lector que la lee y a lo que busca. Está hecha para divertir, para enseñar, para escapar, para demostrar y mostrar la vida real del bohemio París y su imagen idealizada.

Recomiendo sinceramente su lectura.

“Dentro de veinte años, habrá que ir a París para buscar algo más eterno, darle así la razón a esa mujer del relato de Hemingway que decía que no era recomendable dejar esa ciudad. Me parece que ella, a pesar de su carácter liviano, supo intuir muy bien que París, a diferencia de las sentenciadas nieves del Kilimanjaro, será siempre inmortal, no se acabará nunca. Porque ¿verdad, señoras y señores, que París no se acabará nunca?” Enrique Vila-Maras, París no se acaba nunca, Barcelona: 2003

 

 

 

Utopías 

Quién pudiera contigo 

dejar de pensar 

y hacer poesía 

con una simple respiración. 

Lo normal de cada día. 

Quién pudiera vivir de ti 

y para ti 

y perder la desolada 

e inhóspita magnitud del alma 

para ser sencillez 

y nada más 

contigo y para todos. 

¡Ay! Si de alguna manera 

pudiera yo encontrar 

la forma de ir a ti 

y volver a sentir las luces 

y las sombras 

de los ojos 

de la vida 

con que hace años 

me sentí mirada, 

que hoy solo recuerdo 

por los poemas que en aquellos días escribí. 

Después de habitar 

no uno 

sino miles de versos

de anidar 

en libros de amores eternos 

pero desconocidos 

para mí 

no puedo más que decir 

que sé qué es lo que quiero 

y lo que no. 

Poesía y palabras, 

versos viajeros 

y vidas paralelas. 

Y si estás tú 

en ellos, 

mejor. 

[Escrito en mayo de 2015]

La explosión 

Mi única manera de vivir 

es vivir 

en una vida irreal. 

Con luces y sombras 

irreales, 

con imágenes 

irreales, 

con personas 

irreales, 

en un mundo irreal. 

Y vivo y muero también 

unas cien veces al día 

de una forma tan real 

como irreal, 

que al final resucito 

de entre mis cenizas 

irreales. 

Irreales como 

la maldita imaginación 

que las alimenta, 

que alimenta 

mis cenizas, 

mi mundo, 

mis vidas y mis muertes 

hasta que al final 

el universo al que pertenezco 

explota 

en una realidad 

tan dolorosa 

como que el día es día 

y que las horas pasan. 

(Y nadie viene).