Azul casi francés

Encontré una bicicleta arrumbada en el garaje. Una densa neblina cubría de humedad aquellos prados tan grandes y parecía que no había vida en muchos kilómetros a la redonda. Hacía horas que me había quedado sola en la casa. Anoche, cuando llegué, ya me avisaron de que las mañanas las pasaría sola. Mis tíos trabajaban en un pueblito cercano a aquella antigua granja en la que por alguna razón que todavía no sabía había decidido pasar los meses de verano. Fue de repente que hice la maleta y vine hasta aquí. Mi madre no estuvo muy de acuerdo, no entendía ese afán de irme sin ninguna explicación. Pero no pudo oponerse del todo. Me había educado en la valentía y en la instantaneidad que a ella le habían llevado hasta donde estaba, a ser una artista consagrada en lo suyo, a pasearse por mil sitios derrochando genio y simpatía. Y por eso asumió las consecuencias de la educación que me dio desde el principio aceptando la espontaneidad de mis actos. Y la poca conciencia que a veces tenía. Así que al día siguiente me dejó sobre la mesa de la cocina junto al cruasán un billete de avión. “Vete”, dijo, “vete y vuelve cuando quieras. Solo he comprado el billete de ida. Escríbeme de vez en cuando y yo me quedaré tranquila. Por tus tíos no te preocupes. Anoche hablé con Ed y me dijo que no tenían problema. Te esperan el sábado por la noche. Ten todo preparado para entonces.” Y así lo hice. Aquel viernes por la noche Ed y Jasmine estaban esperándome en el aeropuerto. Era una terminal pequeñísima en comparación con la de Madrid, desde donde viajaba. En una destartalada furgoneta atravesamos la pequeña ciudad, el campo, y estando muy entrada la madrugada llegamos a la casita. Aunque mi madre había querido llevarme muchas veces –siempre me lo decía-, nunca había estado allí. Jamás me había llevado a Inglaterra a conocer a su familia. Solo vi a Ed, su hermano, en la última Navidad que estuvo soltero, en Nantes, cuando yo apenas tenía cuatro o cinco años y mi madre estaba en plena gira europea. Ed vino a visitarnos al hotelito donde nos alojábamos con todo el equipo. Recuerdo que me cayó bien, que me gustó su pelo como de lana y las facciones que tenía tan parecidas a las de mi madre. Recuerdo su vitalidad, su juventud, los juegos con los que me entretenía mientras mamá trabajaba. Pero poco más.

Cuando por fin pude volver a verle de cerca cenando en la cocina algo que Jasmine había dejado preparado antes de ir a buscarme, no me pareció que fuera la misma persona. Bajo la débil luz que colgaba encima de nuestras cabezas comprobé que el tío Ed que yo tenía en mi memoria no era aquel. Su expresión había cambiado. Era más dura a pesar de los kilos que en tanto tiempo había ganado. Algunas arrugas surcaban su cara de un lado a otro, como los paralelos y meridianos de un mapa. El pelo como de oso ahora era pardo y un poco pajizo. Los ricillos estaban deshechos. Me miraba con unos ojos distintos. Quizá tristes. Luego se me ocurrió pensar que él había sentido algo parecido cuando me vio aparecer en el aeropuerto, tan mayor y tan alta como me dijo, y con el pelo muy corto. Puede que esa tristeza que yo veía en él era tan solo la misma extrañeza con la que yo le miraba. Apenas me dijo nada durante la fugaz cena fría. Cuando terminó se despidió y se fue a dormir. Fue Jasmine la que me acompañó a la que sería mi habitación, que tenía una luz tan tenue como la de la cocina, y la que me dijo que estaría sola por la mañana, que marchaban temprano. En un atropellado inglés le dije que no me importaba y que se quedase tranquila. Ya encontraría alguna manera de pasar el rato. Al meterme en la cama el frío de las sábanas me dejó como petrificada. La oscuridad en la ventana era inmensa. Me imaginé el campo extendiéndose alrededor de la casa, inmenso. Hice el intento de contar los kilómetros que me separaban de mi casa. Luego los que estaban entre la civilización –el pueblo donde trabajaban mis tíos- y la granja. Y se me antojaron miles. Me incorporé para mirar pero no pude ver nada. Ni siquiera ese brillo tan típico de los cielos nocturnos reflejando las luces de las ciudades. Nada. Oscuridad infinita que llegaba muy lejos. Tampoco había estrellas. Supuse que el cielo estaba todo cubierto de nubes. Así me lo encontré por la mañana al salir al patio trasero después de desayunar un pan que había encontrado en una alacena. No pude saber si las nubes eran de lluvia. Según me imaginaba, en aquellas tierras siempre estaba nublado. De todas formas, cuando encontré la bici cogí también un impermeable verde que había colgado junto a la puerta del garaje. No podía arriesgarme a quedar empapada por un chaparrón repentino. Me subí a la bicicleta y empecé a pedalear en dirección contraria a donde yo sabía que estaba la civilización, de donde habíamos llegado la noche anterior. Mi orientación nunca había  sido del todo mala. Llevaba una cámara de fotos colgada al cuello y de vez en cuando me detenía en mi travesía para fotografiar el paisaje y la vista de la casa desde la distancia. Sin duda mis abuelos habían tenido muy buen gusto al construirla. Era realmente encantadora. Incluso de cuento.

Un rato después de haberla perdido de vista detrás de una colina divisé en el horizonte otra construcción de cuya chimenea salía un hilito de humo. Aunque no llevaba reloj y la luz seguía siendo tan plana como cuando salí de la casa, supuse que ya sería cerca del medio día y debía ser la hora del almuerzo según la costumbre. Pero yo seguí avanzando por el caminillo de tierra sin preocuparme mucho de que interrumpiera la comida de alguien. Pensé que incluso nadie tenía por qué darse cuenta de que yo pasaba por delante de aquella casa. Pero  la verdad era que conforme me iba acercando la casa me parecía más y más intrigante. Me parecía incluso más bonita y encantadora que la de Ed y Jasmine. Esta era una verdadera casa de cuento, de esas que yo imaginaba al leer los primeros relatos. No pude evitar detenerme al llegar frente a la cerca de madera que la rodeaba. La casa era toda de piedra gris oscura y las tejas eran de una especie de color entre el negro y el verde oscuro. La puerta era de madera oscura casi rojiza, igual que las contraventanas. Por la chimenea seguía escapándose un humillo tan gris como el cielo y que se perdía en la densa nubosidad. Junto a la puerta y rodeando la casa decenas de parterres de flores grandes y pequeñas, árboles, arbustillos. Un caminito doblaba la esquina y llevaba a la parte trasera. Dejé la bici junto a la valla también de madera oscura que rodeaba la propiedad. Pensé que no pasaría nada por entrar y echar un vistazo a la parte trasera de la casa. Llevaba un tiempo en el que me había interesado tanto por mi pasado y por mi ascendencia materna que había llegado incluso a hacer pequeños estudios sobre arquitectura y costumbres inglesas. En realidad creo que era en esta obsesión donde estaba el motivo de mi viaje.

Seguí la grava del caminito y doblé la esquina. Las vistas desde allí eran impresionantes. No me había dado cuenta, pero en mi ensimismante paseo había subido un cerrillo –en el que estaba construida la casa- y ahora podía verse toda la amplitud del valle expandiéndose allá abajo con la casita de Ed justo en el centro, como las semillas que aparecen al cortar una manzana por la mitad: la casita de Ed y el antiguo establo, ahora garaje. Comprobé entonces por qué mi abuelo había comprado aquel terreno y había construido allí la granja. La belleza excepcional me abstrajo hasta tal punto que no me di cuenta de que alguien se había acercado por detrás de mí y me preguntaba quién era y qué hacía allí. Tuvo que tocarme un brazo para despertarme de aquel fantástico instante. Un gritito se me ahogó en la garganta y tuve que concentrarme muy rápidamente en el inglés con el que aquel extraño me hablaba. Sin duda no había notado que yo no era británica. Por fin, y después de unos segundos de desesperación eterna por no saber explicarme con claridad, supe decirle que no era de por allí y que estaba de vacaciones. Que dando un paseo en bici había visto la casa y me había detenido a mirarla. Nada más. “Pienso estudiar arquitectura, ¿sabe? En unos años. Aquí en Inglaterra.” El señor que me escuchaba con sonrisa acogedora vestía barba rojiza como la puerta de su casa. Estaba un poco sudoroso y sucio. Según me comentó después trabajaba  reparando un cobertizo que había al otro lado de la casa. Su mujer era artista, ¡qué coincidencia, como mi madre!, y necesitaba un estudio nuevo y más grande donde poder desarrollar su obra. Comprendía perfectamente a qué se refería.

-Yo –pude entender en su perfecto inglés- no tengo una profesión concreta. Hago esto y aquello. Le ayudo en lo que puedo, trabajo en la casa. Un poco de todo, ya sabes –no podía más que asentir. Mi expresión en otro idioma era bastante limitada.- Oye, ¿y por qué no pasas? Vamos, te invitaré a almorzar. Unas tostadas, ¿te apetecen? Tenemos mermelada recién hecha.

Acepté la invitación sin hacerme mucho de rogar. Me presentó a su mujer, Lili, que estaba en el patio del otro lado de la casa, junto al cobertizo. Ella tomaba un café mientras tomaba unos apuntes de dibujo en una libretilla que tenía sobre la falda. Inmediatamente se detuvo cuando me vio y me hizo sentarme junto a ella. Me dijo que el día era precioso, que la luz atravesaba el valle de norte sur y que eso le encantaba. Que era lo que le había hecho venir a vivir a un lugar tan apartado del mundo. Después de las tostadas pasamos al interior de la casa y me la enseñó entera. El piso superior, por el tejado a dos aguas, tenía el techo abuhardillado. Allí era donde ella  trabajaba hasta que el estudio estuviera terminado.

-En exclusiva –me contó- te enseñaré mi última obra. No esperes nada fantástico, ¿eh? Apenas es el inicio de un proyecto –y le dio al play de un equipo de música que estaba en la esquina más retirada. Empezó a sonar Sunday kind of love, y me recordó que aquel día era domingo-. Mira, ven, acércate –de vez en cuando dejaba escapar algún verso de la canción o movimientos de cadera con los giros del saxo-. ¿Sabes pintar? –me acerqué a una enorme mesa que había en el centro de la habitación, toda diáfana. Había allí extendido un papel muy grande casi en blanco. Algunas líneas trazadas sin orden lo cruzaban, igual que las arrugas en el rostro de Ed. Cogió un pincel y lo mojó en agua. Luego se detuvo ante la caja de acuarelas-. Dime, ¿qué color te gusta?

-Oh, ¿yo? No sé. No sé de estas cosas. Elige el que tú quieras.

-No, no, dime –negué con la cabeza.- Bueno, ¿naranja otoñal?

-El que quieras.

-No, no. Mejor rosa atardecer.

-Como quieras.

-No, no, no, no. Verde uva.

-De acuerdo.

-No, no, no. ¡Oh, no! Este, claro –y rozó con la yema del dedo la pastilla pigmentada.- Este. Este que es de un azul casi francés –y deslizó el pincel sobre la gran superficie blanca y lisa de la hoja creando de repente un cielo tan grande como el inmenso de ahí afuera que cubría el valle y la casa de Ed.

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A nosotros también nos gusta leer

Salí justo antes de que el reloj diera las diez. Un día luminoso hecho de un sol que se adivinaba detrás de las nubes anunciaba que al otoño le quedaban pocos días para llegar. Cerré la puerta de mi apartamentito madrileño y bajé a la calle. Escapaba del desorden de papeles, libros y pintura de casa. Mi obsesión por encontrar una inspiración que nunca venía me había llevado a descuidar por completo la limpieza. Comía a deshora, dormía entre ratos muertos cuando me agotaba de buscar palabras y formas. La luna me acompañaba en mis largas esperas haciéndose pasar por solecillo tenue. Y por fin aquella mañana había decidido romper con mi rutina de cafés y galletas y salir afuera a buscar la dichosa inspiración. Mientras bajaba las escaleras escuché el teléfono de casa pero me negué a volver a entrar y seguí mi camino. La calle estaba llena de vida. Eran los primeros días de vuelta al trabajo, al colegio, y se notaba cómo la ciudad había vuelto a su frenética actividad de un día entresemana. Vi unos niños repeinados, vestidos de uniforme, que charlaban alegremente con una señora que los llevaba de la mano y que supuse que sería su madre. En la acera de enfrente un hombre joven y bien vestido levantaba la persiana de su pequeño negocio discográfico. Al lado de mi portal unas chicas colocaban objetos de decoración en un escaparate preparándolo para la nueva temporada. Junto al quiosco de la esquina estaba aparcada la furgoneta azul que cada mañana descargaba allí los periódicos que en pocas horas serían repartidos por el barrio. En fin, nadie parecía haberse percatado de mi ausencia durante días, de mis desvelos entre los cuadernos ni de mi abandono en la incesante búsqueda de algo que no sabía cómo llamar.
Caminé calle arriba en dirección a la pequeña placita que unía las distintas zonas del barrio. Iba mirando las tiendas, la gente con la que me cruzaba, las estúpidas sonrisas con las que los tenderos invitaban a los transeuntes a comprar en sus locales.  Me detuve al ver a un hombre trajeado hablando con otro en la puerta de una sucursal de un banco. Me pareció irónica la contraposición entre el hombre vestido de traje y el otro, que llevaba unas ropas sucias y en apariencia malolientes en tonos marrones. A los pies de este hombre un chucho despeinado y legañoso olisqueaba unos papeles del suelo. El hombre del traje movía su mano derecha con insistencia. Parecía acalorado. El otro, con expresión tranquila un poco triste, miraba las puntas de sus zapatos y asentía con la cabeza. Se rascó la barba y cogió los papeles que olisqueaba el perro y empezó a andar. El chuchillo iba detrás de él, cojeando de una pata y con ademán también pesaroso. El hombre del traje abrió la acristalada puerta y entró en el banco. Malhumorada seguí andando. Por un momento mi cabeza había dejado de buscar al geniecillo inspirador y se preguntaba qué habría hecho en el caso de estar en el lugar del señor del traje. ¿Y si hubiera estado en la piel del señor del perro? Y en esto me entretenía cuando al doblar la esquina me topé con una gente que parecía estar esperando a algo. Me acerqué un poco y pude ver que era una fila larguísima con gente de todo tipo que volvía a girar más adelante en la siguiente esquina. De nuevo mi pensamiento se distrajo y empecé a buscar alguna señal que me dijera qué hacían todas aquellas personas allí o a qué esperaban. Avancé en paralelo a la cola intentando llegar al principio. Por fin llegué a los que parecían ser los primeros. Estaban de pie junto a un portal y leían unos papeles. Con interés de periodista me acerqué a ellos. Había uno que llevaba camisa bien planchada y pantalón verde. El segundo llevaba vaqueros y una sudadera. La tercera era una chica con rasgos hindúes. Pero no vestía un sari de colores vivos ni llevaba ese lunar oscuro que se pintan entre las cejas. Un vestidito blanco recortaba su joven figura y dejaba al aire unas piernecillas tan morenas como su pelo recogido en un bajo moño. En la puerta de aquel edificio no había ningún cartel que me diera alguna pista de qué hacían allí. Me lancé a preguntar. Quién sabe si podría encontrar allí mismo mi ansiada inspiración. -Buenos días, formo parte de una publicación que hacemos en el barrio –mentí- y me ha parecido interesante esta enorme fila –ahora no mentía. Señalé la multitud de gente que se extendía zigzagueando.- Puede que a mis convecinos también les guste saber la razón de tal aglomeración de gente –en mi forma de hablar y en la manera como me había lanzado a preguntarles se percibían perfectamente signos de mi reciente aislamiento. En condiciones normales jamás lo habría hecho así. – ¿Me podrían explicar por qué están esperando aquí? Bueno, ustedes y todas estas personas, claro. Si nos les importa –de nuevo mi déficit social quedaba patente.- Mm, Paloma. Paloma me llamo –e hice un intento de sonrisa.
Aquellos tres chicos se miraron entre sí y dudaron de la credibilidad que debían darme. Ninguno me contestaba y yo empecé a sentir una vergüenza de esas que suben desde el estómago y terminan en el labio y que hacen que automáticamente me lo muerda con fuerza. Sentí mi rostro enrojecerse y me vinieron a la cabeza mil y una reprimendas que cuando era niña me hicieron por ser cotilla e indiscreta. Supongo que viendo que mis mejillas estaban a punto de explotar la chica se apiado de mí y por fin contestó algo.
-Hola, Paloma.  La verdad es que sí, es normal que sientas curiosidad por toda esta gente de aquí –soltó una risita y miró a los chicos.- Mira, te cuento –y me tendió el papel que llevaba en la mano-. Trabajamos en una agencia de publicidad y vamos a grabar un anuncio allí arriba –señaló muy alto,- en la terraza del edificio. Es un spot que ha preparado un director portugués. Seguramente no lo conocerás. Aquí en España es poco famoso. Y esto simplemente es un casting. Hemos buscado a gente por todo Madrid siguiendo unas condiciones de estilo muy concretas que el director del anuncio nos exigió –miró a sus compañeros y sonrió.- Lo  siento por ti pero tú no cumples las condiciones que nos ha pedido –seguía sonriendo pero ahora con un poco de pesar.
-Eh, no, no. Yo no sirvo para estas cosas –dejé caer una risita cordial.- Ya les he dicho que simplemente quería informarme de qué ocurría aquí. Es para la revista –por si fuera poco, volví a mentir.- Gracias por la información –saludé con la cabeza a los tres y reanudé mi marcha. Llegué a la placita que había sido mi destino inicial y me senté junto al enorme árbol que crecía en el centro. Tantos días sin salir de casa me habían hecho perder toda mi fuerza física y a pesar del poco tiempo que llevaba caminando ya estaba agotada. Cuando me recuperaba del calor del ejercicio escuché unas voces cerca de mí que venían del otro lado del parterre de donde nacía el árbol. Escondida detrás del grueso tronco, de nuevo me dejé llevar por la curiosidad y espié a los que hablaban allí detrás. Vi a un hombre vestido en colores ocres sentado en el suelo. Estaba de espaldas y tenía el pelo sucio. Otro hombre con gafas de sol y una cámara de fotos agachado a su lado hablaba con él con acento extranjero. Es posible que fuera portugués. Un perro feucho muy parecido al que había visto aquella mañana estaba acostado también a la sombra del árbol. Dejaba caer la espalda en una bolsita gris con cremallera roja.
-Déjeme sacarle una foto, por favor. Es usted lo que realmente estoy buscando. Solo tiene que actuar de una forma natural –el tono del de las gafas era insistente. Daba la impresión que estaba a punto de rendirse.
-Pero, ¿para qué? ¿Por qué? ¿Acaso nunca ha visto un vagabundo con un perro flaco y un hatillo lleno de libros? ¿O es que cree que a los pobres no nos gusta leer?

Cuento de Navidad

La encontré entre mis libros de la universidad cuando escapaba del desorden de la casa en la víspera de Navidad. Seguía en aquella caja en la que la había guardado tanto tiempo atrás, una caja de madera que posiblemente robé de la despensa de mi madre. La madera, aunque empolvada, no aparentaba años; no estaba agrietada ni carcomida como podría esperarse. Con sumo cuidado la cogí temeroso de que se dejara caer como una pluma. No puedo explicar la manera en que mis ojos fueron a parar a ella. Había estado en mi estudio desde siempre. Yo había pasado en mi estudio miles de horas. Con ella. Y nunca había caído en la cuenta de que compartíamos el tiempo. Juntos, como cuando era niño. Unas bisagras doraditas en un extremo de la caja permitían abrirla. Al destaparla mi infancia se me echó encima. Rápidamente viajé a través del tiempo hasta entrar en una oscura habitación con escasos muebles y todavía menos juguetes. Salí al pasillo de esa casa a la que había llegado, que yo veía pobre y se me seguía antojando oscura, y caminé en dirección a la única luz que podía ver. En la cocina un niño sentado a la mesa junto a su madre. Los dos cenan en silencio y despacio disfrutando de cada uno de los bocados que se llevan a la boca. Como si fuera el último. En la radio suenan villancicos en clave de jazz y soul interpretados seguramente por algún cantante negro del momento. De vez en cuando, la también apagada voz del locutor comenta algo sobre las canciones, sobre el mal tiempo que hace fuera, sobre la luz que en las casas de sus oyentes debe estar vistiendo la Nochebuena. La madre mira a su hijo y él pocas veces levanta los ojos del plato que desea hacer eterno. Las piernas balanceándose ininterrumpidamente bajo la mesa, en el espacio que cuelga entre los pies y el suelo. La temblorosa luz de la cocina amenaza con apagarse en cualquier momento. Y por la cabeza de esa madre solo están todas esas Nochebuenas que había imaginado poder darle a su hijo, que todavía quiere darle. Le apena no poder ofrecerle más que ese plato caliente, no saber cuándo podrá volver a tener unas monedillas para gastarlas así, tan insensatamente. Y aunque parezca que no, su hijo la ve. Ve la tristeza de su alma cantando, como la radio, en los ojos de su madre, en las manos pálidas casi amarillas, y en la desolación de su único mejor vestido que se ha puesto justo para la ocasión. Cuando  acaba la última cucharada de esa especie de puré verde con el que celebran la Navidad -¡ni siquiera hay un bocado de pan!- esconde las manos bajo la mesa y las junta entre las piernas buscando el calor de la carne. La madre le sonríe, le acaricia con los ojos, las pestañas doradas, y le pasa la mano por la cabeza. El pelito liso y largo parece responder al contacto de la fría mano.

-Imagina, mamá, que la Navidad no existiera –la madre se sorprendió  y tuvo que buscar rápido una respuesta.

-Es imposible, hijo. Sin Navidad no estaríamos hoy tu y yo aquí sentados comiendo, tan felices –e hizo una mueca que aspiraba a ser sonrisa. Su hijo contestó curvando también las comisuras de los labios.

-Es verdad -susurró.

Después de tomar un vaso de leche como postre especial el niño dio las buenas noches y caminó hasta su habitación. La madre se quedó en la cocina fregando los platos. Dijo que escucharía la radio un ratito más. Era la misma habitación a la que yo había llegado hacía tan solo un rato. El niño entró a oscuras y se acercó a la cama. Pude ver que a tientas buscó el interruptor de una lamparita de vidrio que tenía en la mesilla de noche. Una vez más juntó las manos entre las piernas que se balanceaban en el aire. Vi como miraba las sombras que la tenue lucecilla hacía en su dormitorio. Se puso de pie y se acercó a la ventana. Susurró algo que no pude escuchar. Un circulito de vaho en el cristal empañó la imagen de nieve y noche que se veía. De nuevo susurró algo, pero esta vez sí pude oírle. Lo repetía una y otra vez.  Decía: “¿Y si de verdad la Navidad no existiera?” Parecía un disco atrancado bajo la aguja. Lo repetía sin descanso. Unos golpecitos en el cristal hicieron que se callara. El niño paseó la mirada por la ventana buscando la fuente de aquellos ruiditos, pero era imposible ver algo en aquella oscuridad que caía sobre la nieve. Y otra vez el repiqueteo. El niño se agachó, entornando los ojos. De repente dio un paso atrás y un gritito se le ahogó en el pecho. Volvió a acercarse y se frotó los ojos. No decía nada. Hizo fuerza contra la ventana hasta que consiguió  abrirla con un pequeño gruñido.

-Vamos, vamos, déjame entrar. No te imaginas el frío que hace fuera. ¿Por qué has tardado tanto en abrirme? ¿Acaso no esperabas que viniera? ¡Si tú mismo me has llamado! Cómo me he puesto de nieve. No te importa si me quito las botas un ratito, ¿verdad? Las tengo congeladas. Qué frío. ¡Qué haces ahí parado, cierra la ventana ya! ¡Se va a escapar el poco calor que hay aquí adentro! –desde donde yo estaba no podía ver de dónde venía la voz. Solo veía al chico de espaldas a mí que rápidamente iba a la ventana y la cerraba. –Venga, venga, vamos. Siéntate. No sé a qué viene esa cara, tanto asombro. Vamos, ahí, siéntate en la cama –cuando el chico se apartó vi un ser diminuto sobre el alfeizar de la ventana sacudiéndose la nieve de los hombros e intentando quitarse las botas. Era un personaje a medio camino entre Campanilla y Pepito Grillo. El niño parecía tan asombrado como yo. Traía en la espalda una bolsa más grande que él, literalmente, que todavía no consigo adivinar cómo conseguía arrastrar. Era un bulto enorme que aún no se había atrevido a quitarse. En una mano llevaba un gorro, también diminuto, hecho a medida. – Bueno, bueno –lo suyo eran las repeticiones, estaba claro. –Déjame que piense un poco. Tengo que conocer el terreno –el duendecillo miró a su alrededor. Dejó el gorro junto a las botas y paseó arriba y abajo por el alfeizar contemplando la habitación hasta donde la pobre luz de la lamparita le dejaba. Las campanadas de un reloj en la sala de estar le hicieron volver a abrir el pico.- Pero, pero, ¡qué son las diez! No tenemos tiempo, no tenemos tiempo. Vamos, chico, coge una bufanda. ¿No pensarás salir así con la nevada que está cayendo? Vamos, vamos, no hay tiempo que perder. Un, dos – y mientras metía los pies en sus botas, se ajustaba el lanoso gorro a la cabeza, los guantes a las manos. La mochila bien colocada en la espalda. El niño se cerró todos los botones de la chaqueta y se subió los cuellos. Fui yo entonces el que se apenó al comprobar que en aquella casa no había ni para una miserable bufanda. – Vamos, chico, vamos. Abre la ventana –el chico la abrió.- Venga, muy bien. Y ahora, sal –el niño no se movió entonces. –Vamos, sal. ¿Qué ocurre? Primero una pierna, luego la otra, y ya la cabeza. Vamos. ¿Qué haces ahí parado? ¡Sal! –pero seguía quieto.

-¿Cómo voy a salir? ¿Y mamá? –la voz del niño era tranquila, serena, a pesar de lo irónico de la situación. – No puedo irme sin decírselo a mamá. Ella no me dejará salir tan tarde.

-¿Qué? ¿Mamá? A ver, a ver –el duendecillo sacó un papel de su bolsillo y deslizó el dedo arriba y abajo. – Mm, sí. Aquí estás. ¿Este es el 239 de San Patricio, no? – el duende miró a la calle. – Sí, sí, claro que es. Y tú… Tú eres Manel, ¿verdad? El chico que intentaba imaginar un mundo sin Navidad, ¿no? –el niño asintió.- Entonces, ¿qué problema hay? Venga, vamos. He de llevarte a que veas una cosa. Y se me hace tarde.

-Pero, ¿mamá? –el niño insistía con carita de pena.

-No te preocupes por mamá ahora, chico. Venga, vamos. Es hora de salir –el duende le tendió su diminuta mano y Manel sacó el cuerpo por la ventana. Los copos de nieve empezaron a cubrirle el pelillo rubio. –Iremos más rápido si me dejas ir en tu mano. Como comprenderás –y se miró los pies -mi paso es corto –se le escapó una risita, como si se hubiera acordado de un chiste. El niño también sonrió.

-¿Y hacia dónde tengo que ir?

-Tú camina, camina calle abajo. Allí nos estarán esperando.

-¿Esperando? ¿Quiénes? –y mientras cruzaban el jardincillo y llegaban a la acera me apresuré a correr tras ellos. No podía perderlos. También salí a la calle y la nieve tan helada me provocó un escalofrío.

Les seguí en el frío de aquella Nochebuena. Las calles estaban desiertas. En las casas se veían luces encendidas. Era un barrio pobre pero daba la impresión de que la gente celebraba la Navidad como podía, aunque fuera cantando alrededor de una pandereta. Hacían lo que estaba en su mano, como la madre de Manel. En nuestra travesía escuchaba los zapatos del chico al chocar contra los adoquines del suelo y su ruido seco que reverberaba en las fachadas de las casas y producía eco. El duendecillo era un charlatán empedernido que no había forma de callar. Manel escuchaba pacientemente y de vez en cuando asentía con un sonido gutural. Como para hacerle entender al enano que seguía allí. La calle era larga y estrecha. Los edificios muy altos y oscuros. El cielo era denso y la nieve bailaba en su imparable caída. Llegamos por fin, yo detrás escondiéndome en las sombras de la noche, a una placita octogonal con una fuente en el centro. Pude ver unos rayos de luna –los más potentes- que se colaban a través de las nubes reflejados en su agua congelada. El chico se detuvo junto a ella.

-Bien, chico, bien. Por aquí deben estar esperándonos –con un salto se bajó de la mano de Manel y se paseó por el borde de piedra de la fuente oteando el horizonte. -¿Tú los ves? Yo creo que ya es la hora. No se nos puede hacer más tarde de lo que ya es. Y esto –entrecerró los ojos y dio un golpecito a su mochila,- esto pesa más que una vaca. ¿Dónde están? –mientras el duendecillo seguía buscando a los que vendrían a recogerles yo miraba a Manel. En sus ojos se mezclaban la sorpresa, algo de agradecimiento, casi entusiasmo con la desilusión y el hambre. Sentí un nudo en el estómago que me subía hasta la garganta y me impulsaba a acercarme. Pero me contuve. Se asustarían si vieran a un extraño espiándoles. Aquel pequeño ser volvió a sacar el papel de su bolsillo y revisó la información. –Deben de estar al llegar, chico. No te preocupes. ¡No me mires así! –el niño se señaló a sí mismo con el dedo índice con una mueca sarcástica en los labios- Sí, sí, tú. Yo no tengo la culpa de que tarden tanto.

Y de repente, antes de que a ninguno de los dos nos diera tiempo a reaccionar, un globo aerostático enorme aterrizó en la placita. El geniecillo sacó un silbato con el que dio un fuerte pitido. La llama de gas que mantenía el globo hinchado creció con un sonido estridente. Y se detuvo así, engrandecida. Al desaparecer el ruido, de nuevo el silencio de la noche reinó durante unos microsegundos hasta que una música de radio quebró la calma. Era una música muy parecida a la que Manel y su madre habían estado escuchando mientras cenaban. El niño estaba impresionadísimo y apenas podía cerrar la boca del asombro. Incluso le temblaban un poco las manos.

-Vamos, chico, vamos.  Es la hora, es la hora –el duendecillo pegó un salto y corrió hacia el globo. La cesta tenía una puerta que abrió con un  ligero golpe de la mano. –Chico, entra. Vamos, ven, entra –Manel seguía quieto. ¿De dónde había salido semejante artilugio? El duendecillo bajó de la cesta del globo y corrió hacia él. Empezó a tirar de la pernera del pantalón. –Vamos, niño. No me hagas esperar más. Tengo mucho trabajo.

-Ppppero, pero, pero… -Manel no conseguía dar con las palabras.- Pero, ¿adónde se supone que vamos? ¡No puedo subirme ahí! Mamá me reñiría –parecía a punto de romper a llorar.

-¿Cómo? Tienes que subir. ¡No puedes quedarte! ¿No te lo han dicho? ¡La estrella! –ahora el duendecillo estaba impresionado.

-¿La estrella? ¿Qué estrella? –entonces en los ojos de Manel sí pude ver verdadero entusiasmo y asombro.

-¿Eh? ¿No te lo han dicho? No puede ser –el duendecillo entrecerró los ojos y se golpeó la frente con la palma de una mano.- Oh no, no puede ser. Vamos, vamos, entra. Te lo contaré por el camino. Vamos, arriba, arriba, chico –y los dos subieron a la cesta. La portezuela se cerró y el globo empezó a subir. La música venía de dentro. Cuando apenas se levantaba unos palmos del suelo, yo corrí hacia él y me agarré a una de las cuerdas que sujetaban la cesta al globo. Desde ahí no podía verles, era el suelo de la cesta, pero sí escuchaba a Manel y al duendecillo hablar. Rápidamente el globo fue cogiendo altura y en cuestión de minutos ya veía mis pies colgando sobre las luces de la enormísima ciudad. Parecíamos los únicos en el mundo. Solo se escuchaba la radio y las voces de los dos pasajeros. –Mira, chico –distinguí la voz del duendecillo, –en el cielo, como sabrás, hay miles de estrellas. Las ves desde tu casa, ahí abajo, como algo inalcanzable y desconocido. Pero mira, mira ahora lo cerca que estamos. Desde aquí casi se les pueden ver los ojos. Tú, chico, tienes una estrella. Está ahí, ya no muy lejos. Y esta noche se te ha fundido. Es una faena tener que subir en Nochebuena, lo sé. Es noche de celebraciones, de fiesta, y blablablá. Pero soy yo el que se pasa estos días de guardia, ¿sabes? Tú solo tienes que subir, cambiar la bombilla, y pronto estarás en casa. Yo en cambio tengo que pasarme toda la noche de arriba abajo revisando estrellas y cascos de cristal. Lo que te decía. Tú, al intentar imaginar un mundo sin Navidad, has dejado que tu bombilla se funda. Entiendo que quieras saber cómo es un mundo sin Navidad, ya por la mera curiosidad. Pero mira, de verdad que no te puedes ni imaginar lo horroroso que es. Muy en serio te digo que te fíes de mí y no dejes que tu bombilla vuelva a fundirse. Mira, mira, ahí. Esa es, ¿la ves? –yo no podía ver nada. Había tanta luz allí arriba que tenía que mantener los ojos cerrados todo el tiempo. –Ven, chico, ven –el globo se paró en seco y la puerta se abrió junto a una superficie brillante y gris que no pude enfocar bien. Parecía que el chico obedecía dócilmente las instrucciones de su compañero de viaje. –Mira, ¿ves? La pobre tiene sus ojos cerrados del dolor que le produce tener la luz fundida. Toma, coge la bombilla. Está en mi mochila, en la espalda. Bien, así es. Oh, qué alivio. Y ahora, muy bien, cogemos la bombilla fundida. Así, toma, esta para ti. Y la nueva la colocamos aquí, así. Genial –una luz muy fuerte parpadeó un par de veces. La estrella se encendió con fuerza e inundó aún más si cabe todo aquello de luz. -¿No te parece maravilloso? Esto es lo que más me gusta de mi trabajo.

-Es increíble –por primera vez desde que dejamos la placita, el chico habló.

-Venga, no podemos estar mucho más rato aquí. Debo devolverte a casa. Entra a la cestilla –los dos se subieron.

-¿Y la bombilla fundida? ¿La tiramos?

-Quédatela, chico. Guárdala siempre para que te recuerde que no puedes dejar que se vuelva a fundir la estrella. Tu luz es imprescindible, que no se te olvide. No dejes  que se apague.

Y sí, ahora lo recuerdo. Metí esa bombilla en una caja que mamá tenía en la cocina. Nunca le conté a nadie lo que pasó con aquel duende, con el globo, con la estrella. Nunca le enseñé a nadie la bombilla fundida. Sin embargo, siempre la mantuve cerca de mí, entre mis bienes más preciados, entre mis cosas de más valor. Aquella noche, al conectar la bombilla que encontré en mi estantería a una lámpara y comprobar que estaba fundida, recordé esta historia. Y decidí dejarla escrita para que la memoria no volviera a jugarme una mala pasada nunca más. La Luz de la Navidad, imprescindible para el girar del mundo, es la luz nuestra y de cada uno. Al despedirnos aquella noche, prometí al duendecillo no volverme a dejar perder por lo negativo y creer siempre en la Navidad.