Hasta que me lo cuentes

¿Otro más?

Humanidad

La tristeza que a veces tenemos
no es más tristeza que la que tuvieron
las princesas que hace siglos
encarnaban los que serían luego
nuestros sueños.
Ni tampoco menos.

La soledad del desvalido
y del ciego
es soledad nuestra cuando
al apenas haber cerrado
los ojos
la luz apagada
empezamos a llorar
pensando en quien no vendrá
esta noche a dormir
o a leernos un cuento.

Y la nostalgia
es también la del que espera
de puertas para afuera
a que cambie el mundo
y los países y las costumbres
mientras lees una y otra vez
las cartas de tu memoria que
ojalá hubieras escrito.

No nos damos cuenta de
lo que somos
hasta que no vemos reflejado
en otros
aquello que una vez
creímos sentir.
Las mismas personas que hace
cientos de años.
Y muchas veces con la
muerte de por medio.

Luces

Mar de fondo,
espuma densa,
pesca de altura.
Rompe el viento
la blancura descosida
de un navío ennegrecido
por el paso del tiempo.

Ando en busca,
por esta playa de recuerdos,
de la marca de salida de la historia
un día corriente
de cualquier mes de abril.
Y camino sincera y
desconsoladamente
en el hipnotizado hilo
del puente colgante
de la verdadera eternidad.

Suspiros que se escapan
y vuelan desamparados
hasta un lugar más allá del mar.
Del amor.

Dieciséis

A veces los recuerdos
pesan más que el aire,
tanto como el tiempo mismo.
Que aprieta y ahoga,
que aplasta hasta el fondo,
e insensibiliza cualquiera de mis sentidos.
Ay ¿por qué vuelves?
Por qué vuelves así,
con lo que te echo de menos,
con lo que te quiero.
Ay Dios mío,
cuántos años y qué dolor más grande,
qué dolor más vivo.
Más mío.
No estuviera aquí
para consolarme
aquello que se ha ido y
volver a vivir
aunque sea en un suspiro.
¿Dónde estás? Vuelve, vuelve.

Ya sé que no estás,
ya sé que te has ido.

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